Notas y advertencias al lector:
Esta entrada fue escrita a manera de diario y el texto quedó bastante más largo de lo que originalmente tenía pensado. En parte es un recuento de un viaje extraordinario, y lo escribí como un compromiso con las personas que nos acompañaron. En parte también, reproduje aquí algunas de mis notas de cata de cerveza que apunté en una libretita que traje durante el viaje. Trato de usar un tono divertido. Si mi humor no les gusta: púdranse. Finalmente, esto es también un diario cursi cuya única audiencia es mi persona, en el futuro. Por si la memoria falla. También seleccioné las mejores fotos que tomé durante mi estancia en Bélgica. En consecuencia, el texto es muy largo, en ocasiones aburrido y en otras partes un poco incoherente. Para mí es una forma de rememorar este viaje que resultó real maravilloso.
Si eres uno de los que fue al viaje, por lo menos tienes la obligación moral de fingir que lo leíste completo y decirme que te gustó mucho lo que escribí. Si no, siéntase el lector en absoluta libertad de pensar que el texto es una basura grandísima y una pedantería injustificable. Sienta el lector también la libertad de guardar silencio al respecto. En el peor de los casos, creo que alguien a quien no le apetezca leer un texto muy largo de un recuento de un viaje cervecero muy personal, por lo menos podría disfrutar de una buena serie de fotos. Muchas de ellas las tomé yo, pero algunas otras, varios de los acompañantes del viaje.
Viaje a Bélgica
La etapa de planeación del viaje empezó
cuando, leyendo un libro de Jeff Sparrow, le mostré a mi esposa una frase en la
que decía algo así como: “la primera vez que viajé a Bélgica exclusivamente a
buscar cervezas…”. Esto implicaba varias cosas: 1. Hay gente que viaja a
Bélgica exclusivamente a cazar cervezas. 2. Al decir la primera vez, el autor implicaba
que lo ha hecho en múltiples ocasiones. Después de aquello, y viendo algún
video de Michael Jackson el bueno, Ana me dijo casualmente que por qué no
planeábamos un viaje a Bélgica. No terminó la frase cuando ya estaba buscando
vuelos y disponibilidades. El viaje lo preparamos con un año de anticipación,
así que tuve mucho tiempo para leer y hacer logística sobre cuáles serían los
destinos y las cervecerías que debíamos visitar. La primera referencia fue el
libro de Jackson de las grandes cervezas de Bélgica. Ya hacía tiempo que yo
había descubierto empíricamente –la mejor forma de investigar sobre la cerveza-
que en Bélgica había una magia especial. No siempre son las cervezas más
baratas, ni las más frescas (después de todo tienen que cruzar el Atlántico)
pero algo había en Bélgica que me llamaba la atención. Desde el primer tarro
que me atrajo hacia la cerveza bien hecha, (una tripel que hoy no me parece
espectacular) hasta las trapistas (¿trapenses?) o las cervezas americanas
“estilo belga”, siempre noté algo especial en las cervezas. La levadura que
utilizan les da un sabor particular. Además hay una gran diversidad de estilos
que fui descubriendo, cada uno tan fascinante como el anterior. Luego de varios
años como aficionado de las cervezas de Bélgica, decidí que era momento de ir a
visitar. Primero decidí leerme por completo el libro de Michael Jackson. Cuando
alguien me preguntaba, me cansé de contestar que no se trata del cantante, sino
de otro difunto que dedicó su vida a la cacería de cervezas. Fue un gran
catador, y el principal responsable de alertar al mundo moderno de lo bien que
se bebe en Bélgica. En un documental reciente sobre su vida, lo llaman el
cazador de cervezas. Una vez terminado el libro, de inmediato escribí una lista
preliminar de las cervecerías imprescindibles: Westvleteren, Orval, Rodenbach,
Dupont, Cantillon, Drie Fonteinen, entre otras. Al inicio no entraba en
consideración ninguna cuestión de ubicación geográfica. Encontré los vuelos de
ida y vuelta y los reservé. La primera fase estaba completa. Luego me fui dando
cuenta que habría que ver cuándo abren para visitas las cervecerías y dónde
están ubicadas. Descubrí que las cervecerías europeas no están tan orientadas
al turista como lo hacen las norteamericanas. La mala suerte, o simplemente la
torpeza de nuestros científicos que aún no descubren el secreto de la
bilocación hicieron que varios lugares tuvieran que salir de la lista. Después
sometí un itinerario preliminar a consulta en los foros de internet. Los
amables cibernautas mejoraron el trazo con sugerencias valiosísimas. No se
puede ir a todos los lugares, y no todos los lugares estarían abiertos.
Finalmente, aunque ya en una etapa cercana a la partida conseguí la nueva
edición de la Guía de la buena cerveza en Bélgica de Tim Webb. Este libro sería
una referencia muy útil.
Cuando decidimos hacer el viaje, concluimos
que habría que planearlo solos. Después invitaríamos algunas otras parejas que
lo pudieran disfrutar. Uno de mis grandes amigos, además responsable de
empujarme hacia este submundo de la cerveza bien hecha se mostró interesado.
Desgraciadamente, por cuestiones que no tienen que ver con la felicidad, no
pudo acompañarnos. Lo recordamos con cada trago, y le prometimos traer cervezas
de vuelta. Algunos buenos amigos residentes en el viejo continente sí pudieron
acompañarnos. No todos ellos amantes de la cerveza, pero sí mostraron las ganas
de pasar un buen rato. Ellos serían clave en el éxito del viaje. Los buenos
momentos sólo son buenos cuando se comparten con otros. Maru, la esposa de
Bitch, comentó en en alguna comunicación electrónica en son de reclamo que mi itinerario era de pura
cerveza, y que ella no bebe cerveza. Me puse un poco nervioso. Creí recordar
haberlos invitado específicamente a que nos acompañen a un viaje exclusivamente
sobre la cerveza ¿no habré sido demasiado claro? ¿quería ella ahora sabotear
mis planes e incluir desviaciones a parajes turísticos? ¿querría ir a
balnearios públicos? No estaba seguro de cómo proceder. Sólo una cosa estaba
clara: debía actuar con suma cautela. Fingir que escuchaba sus peticiones y
hacer como si estuviera considerando sus necesidades al planear las paradas.
Pero no debía dar mi brazo a torcer. El viaje sería sólo para tomar cerveza y
así habría de permanecer. Después descubrí una complicación adicional. La
semana del viaje sería durante el cumpleaños de Bitch, hay que organizarle algo, mierda. Pero Bitch bebe todo
tipo de alcohol. Le gusta la cerveza. Mi única enemiga sería Maru. Como no me
gusta el suspenso, desde ahora les revelo que logré complacerla con cervezas de
frutas. Krieks y Framboises. Cervezas aciditas de color rojo “nena” y con sabor
a cereza y frambuesa. Ojo, no hay que confundirlas con sus versiones más
comerciales a las que pasteurizan y luego les agregan azúcar. Esas versiones
saben dulces y a popó. Una mala versión de kool aid carbonatado. No, estas
cervezas son más tradicionales, con un sabor ácido y complejo. Con notas a paja
y a granero, algunos dicen que a nalga de caballo y con dejos sutiles… bueno me
voy a detener ahí porque creo no estar abonando a la reputación de estas
cervezas de fruta. Mejora haría el amable lector en salir a buscarlas y degustarlas de modo científico. Además regresando al tema de Maru, la selección musical en
sus dispositivos electrónicos fue clave para que mantuviéramos el buen ambiente
durante los trayectos en carro. Si me hubiesen dejado ese asunto a mí, habríamos dormitado en la carretera. Mejor, saca-la-nalguita-queahi-te-va-tu-in-yecciooón.
En el aeropuerto de Monterrey tomamos un
vuelo por la mañana hacia Dallas. Duró poco más de una hora, y los trámites de
migración que normalmente son largos y aburridos transcurrieron muy a prisa.
Poca fila, agentes amables. Ningún problema. Comimos algo en el aeropuerto y
llegamos al vuelo largo. La estrategia sería dormir lo más posible, pues al día
siguiente llegaríamos a París temprano. Hay que durar todo el día despiertos
para vencer el décalage. Ahí, a sacar
el carro que rentamos, y a esperar la llegada de Calvin y Lisa. Ellos llegarían
un par de horas después de nosotros y saldríamos tan pronto fuera posible hacia
Roeselare, un pueblo al norte de Bélgica a unas dos horas de camino. Allí a una
visita guiada de Rodenbach. La primera cervecería. Yo había visto fotos
majestuosas de unas barricas de roble gigantes y quería ver los toneles que
contienen la cerveza. Famosos por un estilo Flemish
red ale. Pero no nos adelantemos, antes de llegar, las incomodidades del viaje largo en avión. Lo apretujados
de los asientos, el dolor de espalda después de varias horas en la misma
posición, la comida terrible, y lo peor: atrás de mí, dos argüenderas de primer
nivel. Regiomontanas. Tenían que ser. No se callaron el puto hocico en todo el
viaje. Una de ellas, en un inglés con acento perfectamente americano le refunfuño a una azafata la falta de televisores personales en cada asiento. La odié aún más. Además platicaban exclusivamente de pendejadas. Y en voz alta. Ninguna
señal oculta de civismo o respeto a los lugares públicos. Cómo hay gente. Me arrepentí tremendamente de no haber comido el platillo de frijoles en el aeropuerto. Bueno, cuando llegó la comida procuré engullirme sin demora toda la lechuga que
me encontré en la bandejita con la esperanza de generar gas metano para
expelerlo en dirección de las argüenderas. Yo sé que no es correcto andar con
esas cosas en espacios cerrados como en un avión, pero aquí sería en defensa
propia. Se estaban metiendo con mis horas de sueño y mi cordura. No iba a dejar
que esas piltrafas de persona se fueran impunes. Si yo habría de sufrir sus
conversaciones, ellas se fuman mis pedos.
Rodenbach:
Cuando llegamos a París dejamos los
resentimientos en el avión y acudimos a recoger a Calvin y Lisa. Nos
desayunamos un baguette de pollo que no estaba mal para ser comida rápida. Al
llegar, nos saludamos efusivamente. Buenos amigos que hacía tiempo no veíamos.
El abrazo con las dos palmadas en la espalda que es obligatorio en tierras
norestenses. Salimos sin demora rumbo a Rodenbach.
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| Con nuestra Beatriz, en la entrada de Rodenbach |
Teníamos las horas contadas.
Después de un agradable viaje, llegamos en medio de un día nublado y húmedo,
con temperatura fresca, pero agradable. El edificio en Roeselare era bonito. De
ladrillo y con pinta antigua, y con algunas paredes en vidrio y acero que le
daban un aire moderno.
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| El edificio de Rodenbach combina elementos modernos y antiguos. |
Nos recibió una guía muy amable y nos ofreció café.
Vimos una película sobre la historia de la cervecería y la familia Rodenbach.
No contenía muchos detalles sobre la cerveza sino que era más bien la historia
política del pueblo y la importancia de la familia en ese lugar. Después de ahí
salimos a visitar la cervecería. No acudimos a la parte moderna, pero esa sería
además la parte menos interesante para mí. Ya veríamos y he visto en el pasado
cervecerías de acero inoxidable. Nos pasearon por algunos sitios con calderas
antiguas, pero más en forma de museo. Esos hornos de ladrillo ya no se
utilizaban. Lo más importante del viaje, era conocer los toneles en donde
reposan la cerveza. Barriles gigantes de roble. En hileras muy ordenadas con
sus números y sus cinturones de acero en rojo brillante. La vista era
espectacular, y el olor de las cavas sólo servía para aumentar nuestra sed.
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| El olor en las cavas de Rodenbach es extraordinario. |
Algo que aprendí fue que en particular en esta cervecería, el añejamiento en
barrica es menos por el sabor que imparte la madera que por las propiedades del
recipiente. La madera es, al final un recipiente poroso que permite una ligera
entrada de oxígeno a la cerveza que se añeja. Esto produce cambios graduales en
el carácter del producto final, que normalmente mezclan en distintas
proporciones de cerveza nueva, con añeja. Mientras nos paseábamos por las
instalaciones el cielo mandó una granizada que sirvió para dar al tour un aire
más legendario. Como si la vista de las barricas conjuntada con el olor a cerveza
y ¿trufas? no fuera suficiente. Al final de la visita nos dieron a probar la
tradicional Rodenbach y su Grand Cru. La Grand Cru ha sido una de mis cervezas
preferidas por ya algunos años. Su apariencia color rubí, con una espuma blanca
densa y cremosa da para alguna buena fotografía. El sabor es espectacular, una
combinación dulce/ácida con notas de madera y frutos rojos. La bebida fue
sumamente refrescante. La Rodenbach original es más dulzona y menos de mi
agrado, pero no por ello una mala cerveza. Además de las dos tradicionales, nos
dieron a probar la llamada
Foederbier.
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| Ana olisqueando la Foederbier. |
Esta cerveza la sacan directamente de los toneles, sin mezclarla con cerveza
joven. Si bien se trata de un producto menos refinado, el sabor era excelente.
Un color más café y algo pálido, casi sin carbonatación. La cerveza con acidez
más firme, pero de un sabor extraordinario. Además, el valor educativo de
probarla directo del tonel, antes de mezclarse para venta es muy bueno. En esta
cerveza noté algún carácter similar al vino tinto, pero con un final seco,
digno de los mejores chablis. Antes de salir, compramos algunas cervezas
especiales en botella que no voy a describir porque las terminé perdiendo antes
de finalizar el viaje. Al salir de ahí, Lisa fue muy amable en tomar el volante
pues además de que yo había bebido varias muestras, el cambio de horario
comenzaba a mermar mi capacidad de concentración. Salimos hacia Bruselas.
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| En Bélgica procuran siempre servir cada cerveza en su propio vaso. |
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| Calvin y yo degustando la gama de cervezas Rodenbach. |
Bier circus/ A la mort subite:
Después de haber aterrizado en el hotel de Bruselas, nos dimos una refrescada con agua en la cara y salimos en busca de cena. Pasamos cerca de la Gran Plaza de Bruselas que es maravillosa. Ahí nos asomamos a un restorancito que ya tenía yo visto que se llama Nuetnigenough. Allí se supone que sirven comida tradicional muy correcta, y la lista de cervezas tiene fama de ser buena. Nos asomamos por la ventana mientras que el clima empezaba a refrescar y caían algunas gotas de llovizna. El lugar estaba lleno. Era de por sí un sitio pequeño con algunas 6 u 8 mesas. Nos dijeron que en caso de que quisiéramos esperar sería cosa de unos 45 minutos. Podríamos sentarnos afuera, pero las chicas nos vieron con cara de que no estaban para andar aguantando fríos así que seguimos la caminata. También nos servía mover un poco las piernas para espabilarnos. Saqué mi guía y rápidamente encontré un lugar sustituto. Había que caminar unos veinte minutos para llegar al Bier Circus. En la caminata, pasamos por barrios un poco apagados, pues comenzaba a hacerse de noche. No es que se viera peligroso, pero sí un poco desolado. Supongo que son lugares de oficinas, que en las noches quedan un poco desiertos. Ubicamos el lugar sin mucha dificultad. Al entrar, nos topamos con un restorán lleno de fotos y parafernalia de circos y payasos. Un típico café belga con comida casera. Yo me cené el tradicional
Carbonnade Flamande. Se trata de un estofado de res braseado en esta ocasión con Westmalle Dubbel. Iba con una salsa reducida de la cerveza ya mencionada y sazonado con tomillo.
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El Carbonnade estaba más sabroso de lo que parece en esta foto. |
Un buen platillo para el frío. Acompañado de patatas fritas, que por cierto, su origen no es francés sino belga. Las famosas french fries no son francesas. Resulta que en la guerra, algún general americano escuchó a los belgas hablando francés y les conoció las papitas fritas. Como hablaban francés, debían ser franceses. Volviendo al Bier circus, hay que señalar que si detestas a los payasos, sugiero que no vayas a ese lugar.
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| Noten la decoración de payasos. Lisa olisqueando la Lambic. |
El servicio en el Bier Circus fue adecuado, aunque un poco lento. Nada para quejarse. El mesero era bastante atento y nos trajo la carta de bebidas y de comida. No había muchas mesas cenando. Algunas personas en el bar, y eso era prácticamente todo. Un ambiente muy tranquilo. Según mis notas, lo primero que pedí fue una Girardin Oude Lambik. Las cervezas Lambic tienen ciertas particularidades. En primer lugar tienen denominación de origen. Es decir que no puede haber Lambics que no sean manufacturadas en la zona de Lembeek aledaña a Bruselas. Otra particularidad interesante es que se hacen con levadura salvaje o de fermentación espontánea. Esto quiere decir que el cervecero no las inocula con un cultivo de levadura como las cervezas ordinarias, sino que el mosto se deja al ambiente para que recojan los microbios y levaduras que naturalmente deambulan por ahí. Luego las Lambic tradicionalmente se añejan en barricas de roble. Las cervezas Lambic, normalmente se producen con malta pilsner y con trigo crudo. Para no complicar mucho las explicaciones, baste decir que las Lambics normalmente son áciditas por las bacterias y levaduras que la fermentan. Para producir una gueuze, tradicionalmente se mezclan cosechas de Lambic de 1, 2 y 3 años para añadir complejidad. Poco más infrecuente es que los cerveceros vendan sus Lambics sin mezclar, directo para el consumo. En los mejores cafés de Bélgica, tradicionalmente sirven algunas Lambics derechas.
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| Girardin Oude Lambik |
Una vez hecho todo este preámbulo, cuando me llegó la Girardin, se notaba de un color cobrizo, un tanto más oscurilla de lo que yo esperaba. Al probar descubrí sutilmente el sabor a malta pilsner y en la boca se sentía prácticamente sin carbonatación. De final seco. Estaba deliciosa y refrescante. Me pareció que quizá todo el tema era la acidez, y podría tener más sabores para dar una experiencia más compleja. De todas maneras resultó muy educativa, pues fue la primera Lambic derecha que yo probaba. Ya para entonces era yo un amante de las gueuzes, pero entender las partes de donde viene resultó ser una experiencia positiva. A pesar de que en el lugar había una lista impresionante, sólo me pedí una cerveza más. En parte fue culpa de la lentitud del servicio y de la falta de un ambiente más animado. Esa cerveza fue una stout pesadona de la Cervecería Dupont. Noir de Dottignies. Ligero olor acidito, con aromas a chocolate y algo de rostiz. Si no existe la palabra rostiz, debería de existir. La acidez que se percibía en nariz desaparecía casi por completo al probarla. Más predominante era el sabor a chocolate y grano quemado. Una muy buena cerveza de cuerpo completo y color negro oscuro. Me recordó a la Hercule Stout que alguna vez probé en Monterrey de la cervecería Ellezeloise. En general lo pasamos muy bien, y sin duda recomendaría el Bier Circus, sin embargo decidimos salir de vuelta al hotel. En el camino de ida, ya habíamos ubicado el bar A la mort subite. Ahí se veía mucho más gente y un ambiente jovial. Era un bar alargado, de pinta antigua y con una lista de cervezas no muy competitiva. Veníamos sin duda de un mejor lugar para los apasionados. Sin embargo, la ambientación también cuenta así que nos sentamos por un trago. Yo me decidí por la Oude Gueuze de la cervecería Mort Subite. Ya había probado algunas cervezas de esta casa, sin embargo, la única que no está azucarada para endulzar es esta oude gueuze. A la que solo llaman gueuze, le restringen mucho la acidez y la pasteurizan y endulzan. Resultó muy correcta elección. Sabores cítricos, acidita, bien carbonatada. Color amarillo pálido. Básicamente lo que se espera de una gueuze. A mi juicio le faltó un poco de "funk" y sabores a paja y granero. La cerveza no estaba mal, pero un tanto unidimensional. Resultó muy satisfactorio después leer en la guía de Tim Webb en su descripción del lugar que la lista de cervezas no era tan impresionante y que él se quedaba con la Oude Gueuze.
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| Mort Subite Oude Gueuze |
El experto estaba confirmando que estoy aprendiendo a elegir bien lo que pido. Después de la cerveza nos despedimos de Lisa y Calvin y caminamos de vuelta al hotel. Vencimos la diferencia de horario y dormiríamos parejito. Al día siguiente nos esperaba Cantillon.
Cantillon:
Amanecí con las ganas de irme directo a beber. No siempre se me antoja tomar en las mañanas, pero la espera para ir a conocer una de mis cervecerías favoritas me hacía salivar. Salimos a caminar rumbo a la Gran Plaza de Bruselas, y en el camino optamos por desayunar unos waffles en un lugar netamente turístico.
Yo sé que no son los mejores lugares, pero en ese momento no queríamos batallar y nos encontramos algo bueno en el camino. Nos tomamos un buen café y desayunamos con una vista agradable. Nunca me cansan estos lugares europeos al aire libre, porque se sienta uno muy cómodo a ver gente pasar. Además, el café europeo es muy superior al que nos dan a nosotros en Sanborn's. Antes de ir a Cantillon, nos detuvimos en una tienda de cervezas con una selección impresionante.
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| Difícil elegir entre tantas opciones. |
Se llamaba Bier Temple. Los estantes eran alucinantes, aunque en el centro de Bruselas, los precios estaban un poco inflados. No compré nada por el momento, pues al día siguiente había planeado pasar por una tienda en las afueras que me habrían sugerido tendría mejores precios. Lo que sí vi, y desde ese momento supe que tenía que comprar, es un vaso en forma de cuerno. Me imaginé perfectamente tomado una stout negrísima y espesa, viendo
Game of Thrones y con la cerveza chorreándome por mis largas barbas. Me esperaría a a comprarlo en la tienda más económica, pero fue amor a primera vista. Ya después, Calvin tuvo el tino y la amabilidad de regalármelo.
Caminamos hacia el niño meón, que tiene en verdad muy poco atractivo, pero la ruta era cercana y pues decidimos palomear el asunto comoquiera. Luego cruzamos algún barrio un poco más modesto, y en una calle bastante ordinaria, al dar la vuelta llegamos a la cervecería. La foto obligada en la entrada.

Las mariposas en el estómago. Naah, no se crean, no es para tanto. Pero sí estaba emocionado. Al llegar nos atendió un tipo muy amable con piocha y bigotes blancos, pero bien afeitados. Su amabilidad era parecida a la del tipo que aparece en la película de frozen en una posada/spa desolada en medio de la montaña. Eso, o quizá mis hijos me han hecho ver demasiadas veces la película últimamente. El tipo amable nos indicó la mecánica. La visita sería auto-guiada. Nos entregaba un folleto con información de cada uno de los cuartos, y nosotros estaríamos en libertad de deambular por la cervecería. Nos dijo un par de chistes y comentarios que sonaron espontáneos. Más tarde cuando ya nos encontrábamos en el salón de degustación, volví a escuchar cómo el tipo le contaba los mismos chistes a los grupos que llegaban. Y entonces ya no me parecieron tan espontáneos. Bueno, el caso es que empezamos la visita, y ese día no estaban utilizando el equipo ni brebando cerveza. Al haber finalizado, regresaríamos con él para que nos dé algunas muestras de sus cervezas de línea. En realidad, después de ver el modo en que se hacen las cosas en esa cervecería me rehuso a llamarle cervezas "de línea". Allí todo se hace manualmente y con cariño. Empezamos la visita caminando por unos pasillos estrechos retacados de botellas en reposo.
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| Las botellas de gueuze en la cava. |
La vista era fascinante. El olor era a grano de cebada, paja, moho, y algo así como queso añejo. El ambiente se sentía húmedo, propio de una cava. Llegamos al primer cuarto de la cervecería y pudimos ver el equipo de maceración. Bastante viejo, manualito, lleno de engranes y muy distinto a los equipos modernos de las cervecerías de hoy. Luego subimos a un segundo piso donde vimos los tanques de cocimiento, el molino para los granos, y algunos espacios donde tenían los costales de malta. Finalmente, subimos al piso superior, donde se encuentra el
koelship. Se trata de un recipiente abierto de cobre, con poca altura y que abarca mucha área. Aquí es donde la magia sucede. Después de cocinar el mosto, lo dejan a enfriar toda la tarde y noche a la intemperie. La idea es que con la amplitud del recipiente, haya más oportunidad para los bichos y levaduras salvajes que andan en el ambiente para inocular el mosto. Encima del tanque abierto, el techo es de vigas de madera, y con ventilación hacia el exterior para capturar el sabor de la levadura local. Esto es lo que hace la esencia de las Lambic. Esas vigas de madera están llenas de la levadura que distingue a Cantillon. Ahí no quitan ni las telarañas, pues se supone que hay un balance microbiológico con el que no hay que meterse. Para muchos habría sido un ático con un pedazo de chatarra, pero yo quiero pensar que sentí buenas vibras al estar observando el tanquecillo de cobre.
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| Aquí sucede la magia de Cantillon. |
No se burlen, cada quien sus cosas. Mucha gente (yo incluido) dicen sentir cosas similares al pararse en las ruinas de Montealbán o Chichen Itza. En algunos sitios históricos se siente el peso de nuestros antepasados. Pues bueno, de forma similar, para este
geek cervecero, la contemplación del
koelship en Cantillón despertó sensaciones de magia y escalofríos que solo serían superadas ese día por el sabor de la cerveza. Después de eso caminamos por entre los cuartos de barricas donde reposan el mosto que reciben al día siguiente de la exposición al ambiente. La cerveza se queda en las barricas desde uno a varios años, hasta que luego es embotellada. Entre las barricas vimos el espumeo de la fermentación saliente de los tapones de cada barril. A cada paso íbamos leyendo el folleto que nos proporcionaron al inicio y tomado fotografías por doquier para la memoria.
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| Barricas en reposo. |
Luego pasamos por las máquinas de embotellado y etiquetado. Volvimos a pasar por pasillos desordenados donde reposaban otra gran cantidad de botellas. Había marcas con gis en la pared sobre la cosecha y tipo de cerveza, pero nada daba la impresión de estar científicamente planeado. A pesar de ello, el desorden era casero y terminaba de dar la sensación amigable que se percibe en el lugar.
Al terminar pasamos a lo mejor: la degustación. A cada quién le corresponderían dos muestras. Como éramos cuatro y Ana y Lisa no beberían mucho, de todas formas pedimos que nos sirvieran de las cuatro cervezas básicas. Una lambic de un año. Una gueuze con mezcla de lambics de 1, 2 y 3 años. Una
kriek que se parece a la gueuze, pero a la cual se hace sólo con lambic de 2 años y le añaden 150 kilos de cerezas ácidas de la región por cada 500 litros para que la levadura continúe fermentando los azúcares que contienen las cerezas; y la Rosé de Gambrinus, que es su
framboise, y pues se hace con frambuesas.
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| Lambic, Gueuze, Rosé de Gambrinus, Kriek. |
Como ya había explicado antes, estas cervezas no saben dulces porque todo el dulzor es procesado por la levadura que sigue viva dentro de la cerveza base. Así que el resultado es fantástico: cervezas con color rojo navideño, sabor a frutas, pero de final seco y agrio, como para fruncir los labios y la lengua. La lambic era más amarilla que la Girardin que había probado al día anterior. Mejor lograda también. De color dorado, con sabores cítricos y a grano. Seca y sin carbonatar. La acidez era ligera aún, y los cereales se percibían muy bien. Apenas era la segunda Lambic derecha que probaba en mi vida, pero ya estaba yo haciendo notas en mi libretita de cómo estaba muy bien y representaba al estilo a la perfección. Me sentía ya todo un experto. Lo cierto es que sí es bastante divertido andar probando el producto que aún no se fermenta en su totalidad, como las lambic viejas, y al entender una de las partes que componen a las gueuzes, pues como que luego se aprecian mejor. Probamos también la gueuze tradicional, y la
kriek. Ambas fantásticas y cervezas que ya había probado antes. La Rosé de Gambrinus era nueva para mí. De color rojo brillante con espuma rosada. El sabor a frambuesa era muy predominante. Buena, pero a mi gusto, la
kriek es mejor. Esta última de un color un tanto más opaco, la espuma más blanca y mayor complejidad y mejor combinación de sabores. La base de la lambic se notaba más y había unas ligeras notas a hueso de la cereza que la hacen interesante.
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| En el salón de cata, pasándola bien con Calvin y Lisa. |
Después de las cervezas básicas, las mujeres decidieron salir un rato a caminar. No lo he dicho aún, pero Lisa tiene una manía por caminar por todos lados. Además no le gusta el alcohol. La idea de quedarse horas en una especie de gruta con unos cavernícolas probando y oliendo cervezas no le era tan atractiva. Además empezaba a hacer hambre. Así que Ana y Lisa salieron primero en busca de pan, quesos y algunos embutidos que nos trajeron a los diez minutos. Las cervezas que nos tomábamos iban de maravilla con esta comida frugal, pero sumamente sabrosa. Hasta los quesos pedorros de super de esquina en Europa son buenos. El pan baguette estaba en su punto, y yo me sentía en el cielo. Luego Ana y Lisa se volvieron a retirar mientras que Calvin y yo empezaríamos a pedir algunas botellas adicionales. La primera fue una llamada 50 N, 4 E. Se trata de una gueuze especialmente seleccionada y añejada en barricas de cognac. En color es sólo ligeramente más cobriza que la gueuze normal. El sabor a grano es más notorio, con cuerpo sedoso y más firme. Un poco más de alcohol. Mientras la bebía se me olvidó que me mencionaron lo de las barricas del cognac, y lo cierto es que no le detecté esas notas. Quizá algo de madera. De todas formas una cerveza estupendamente acidita. Muy recomendabilísima.
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| La 50º N, 4ºE. |
Finalmente terminaríamos con una Cuveé St. Gilloise. Una gueuze con lupulado en seco. Según mis notas, el color es amarillo pipí, como cuando no has tomado suficiente agua. Dorado cobrizo, pues. Esta cerveza es interesante pues tiene un aroma floral gracias a los lúpulos frescos. También tiene un ligero amargor que balanceaba la acidez de la cerveza.
Después de la St. Gilloise yo empecé a sugerirle a Calvin que pidiésemos una más. Pero la hora de la cita con las mujeres se acercaba, y muy a mi pesar, tuvimos que salir. Antes de irme, por supuesto pasamos a la tiendita para llevar y además de unos souvenires, nos llevamos algunas cervezas para traer de regreso a casa. Algunas de las ya probadas, y otras como la Grand Cru Bruoscella (lambic vieja sin mezclar) y la Iris. Prometo regresar a este lugar.
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| Dice algo así como: El tiempo no respeta a lo que se hace sin él. |
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| El koelship que captura la levadura espontánea en Cantillon. |
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| Las botellas en reposo |
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| En la visita, frente al tanque de maceración. |
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| Las barricas en fermentación. |
Moeder Lambic
Después de la visita nos reunimos con Ana y Lisa cerca de la estatua del niño meón. Había mucha gente por ahí, y caminamos por las calles como turistas cualquiera. Nos metimos a un par de tiendas a probar chocolates y cosas por el estilo. Después en el programa estaba una parada en un café llamado Moeder Lambic. El lugar es famoso por su impresionante lista de cervezas de todo Bélgica, así que yo estaba emocionado. Había visto algunas fotos por internet y el lugar se veía algo moderno, pero en realidad no sabía mucho qué esperar. Cuando llegamos a la plaza Fontainas, vimos con agrado que el café tenía su terracita al aire libre con mesas a la francesa. El día estaba soleado, pero algo fresco, unos 15 grados muy agradables.
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| Una pareja degustando cerveza en Moeder. |
Las niñas pensaron en las mesas de adentro, pero no había nadie, y el ambiente al aire libre era jovial. Procuramos una de las últimas mesas de afuera, y de inmediato nos sentamos a ver el menú. La lista de botellas era realmente impresionante. Sí, tenían muchas botellas, pero casi todas ellas de buena calidad. Más delante iríamos al Delirium Tremens Pub con sus 2004 botellas en el menú, pero la verdad es que el Moeder Lambic es mucho mejor lugar para disfrutar lo que se bebe, y sería imposible acabarse todas las cervezas buenas y únicas que tienen en el menú, así que no necesito de la selección más amplia, sino de la mejor lista de cervezas. Este lugar tiene una de las mejores listas de cervezas que he conocido. Nos sentamos Lisa, Ana, Calvin y yo, y para empezar decidí tomar algo ligero y refrescante de las opciones que tenían en barril. Noté que manejaban varias cervezas de Brasserie de la Senne, una cervecería con sede en Bruselas de la cual había escuchado buenas cosas. Calvin y yo pedimos un par de Band of Brothers, una cerveza clara, turbia con lúpulos florales muy agradables. La vencimos rápidamente. Algo que me gustó mucho es que junto con las cervezas, traían un platito de vidrio más chico que un cenicero lleno de malta base. Primero no sabía para qué sería, pero luego descubrimos que es un snack muy ad hoc para disfrutar con la cerveza. Mucho mejor que unas palomitas o cacahuates. Además al ser el ingrediente básico, todo hacía mucho sentido. Tomé una nota mental de servir la cerveza acompañada de unos granos de malta a mis invitados al volver a casa. Después pedimos una botella de La Rulles Cuvée Meilleurs Voeux. Una cerveza de con sabor a Navidad, de un color ámbar oscuro, casi café. Olores a especies como canela y nuez moscada. Un poco más pesada que la anterior, con sabores a caramelo y toffee, espuma cremosa y la nota distintiva de la levadura belga. Nos pedimos un plato de salchicha que estaba retebueno con un tantito de mostaza. De ahí pasé a pedir una Monk's Stout que me llamó la atención por ser de la cervecería Dupont. La verdad es que esta fue una stout ligera, correcta, pero nada para escribir a casa. Por ahí de la segunda o tercera cerveza Lisa se paró a deambular por las calles aledañas al Moeder. En verdad que Lisa tiene una curiosa manía de caminar y caminar y caminar. Seguro ella piensa que yo tengo una curiosa manía de beber y beber y beber. A eso fuimos a Bélgica ¿no?
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Lisa preguntando si no nos importaría si ella se va a caminar por ahí. |
Luego pedimos una XXX Bitter de De Ranke. Una chela amarilla, algo turbia y muy amarga. Ya antes había probado la XX Bitter, que es una IPA Belga clásica. Esta triple X realmente era muy amarga. Es sin duda la cerveza belga más amarga que he probado. Con los gringos, el amargor ya no sorprende, pero para una cervecería Belga, sí que fue algo nuevo. Los lúpulos seguían siendo continentales, con aromas florales y herbales, y de un final muy seco. Durante nuestra estancia en el Moeder nos tocó presenciar un evento digno de Los Sopranos. Nunca he visto la serie de los Sopranos, pero es de mafiosos ¿qué no? En la mesa al lado de la nuestra estaba un tipo, visiblemente americano con una bolsa a su lado. Se pidió una cerveza. Nada extraño hasta ahí. De pronto, llegó un tipo, visiblemente belga con otra bolsa. Se saludaron. Daban la perfecta impresión de no conocerse y estarse presentando. Luego se mostraron mutuamente la mercancía. El americano sacó varias cervezas. Entre ellas, algunas aciditas de Russian River y Pliny the Elder. Luego unas Bourbon County Stouts. El Belga sacó un par de cervezas de Cantillon. Una de ellas, logré identificar como Fou Foune. Después de una inspección digna de alguien que compra un reloj falso en las calles de Nueva York, hicieron el intercambio. Se estrecharon la mano de nuevo, y el belga desapareció de inmediato. El gringo se quedó unos minutos más con una sonrisa en la cara antes de pedir la cuenta. Miraba alrededor como anhelando poder compartir su victoria con alguien más y se dio cuenta que iba solo. Se puso a hacer algo en su teléfono móvil. Como soy muy observador, les alerté a los demás sobre lo que acababa de suceder. El gringo traía cara de victoria, pero -así les expliqué a mis interlocutores- había perdido la afrenta. Dio muchas más cervezas de las que le dieron a cambio y lo que dio también era muy bueno. Así son los
trades (intercambios). Te chingan muchas veces, pero no lo sientes, como que el ambiente cervecero lo lubrica. Ahí en el café la pasamos a toda madre y vimos cómo toda la gente que se sentaba la pasaba muy bien. El servicio era bueno, la mesera que nos atendió era muy amable; pero en Europa, siempre debe haber algo raro. El servicio perfecto es para los americanos. Nos chiflan y nos hacen convertirnos en personajes engreídos. Luego uno hasta siente que tiene derechos y que siempre tiene la razón. Ni madres. Por eso los gringos se vuelven tan patanes. Nada mejor que una dosis de servicio europeo para educar a la gente. En este caso, la regla extraña era que la mesera nos podía atender de maravilla, traer todo lo que le pidiéramos, excepto un vaso de agua. Para eso había que pararse e ir a pedirlo a la barra. Como era un día de muchas cervezas, la estrategia incluía una hidratación constante. No sea que al día siguiente me la pase con dolor de cabeza. Así pues, para recordar a sus comensales que no por pagar la cuenta, se hace uno acreedor a que le cumplan todos los caprichos, había que pararse por el agua. Bien por la lección. Además después de la tercera, se empataba la necesidad de ir por agua, con la de dejar el agua en los escusados, así que el viaje era también de una forma, un
intercambio cervecero.
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| Cara de satisfacción. |
Para terminar la tarde nos pedimos un par de cervezas experimentales de la Brouwerij Hof Ten Dormaal: Barrel Aged #9 Jenever. Según lo que entendí se trataba de una cerveza añejada en barricas de Ginebra. El color era cobre y brumosa con espuma blanca. Detecte sabor a caramelo y un picor que normalmente asocio con el uso de centeno. En general era una cerveza dulzona y con notas de madera en el retrogusto. A medida que se calentaba un poco me salieron notas de sabor a coco y los taninos de la madera se hicieron más presentes. Buen experimento, pero un tanto agresiva. Salimos de ahí y deambulamos por la ciudad.
Eventualmente nos paramos en un lugar de kebabes donde lo más sorpresivo es que llevaba betabel. Nada mal eso del betabel, pero la verdad es que he probado mejores kebabs. Luego Calvin recordó que esa noche había juego de la Champions league. Buscamos algún lugar para verlo y nos quedamos en un pub inglés llamado Churchill's Bar. Un lugar oscuro, con televisiones y (dada la competencia) una lista de cervezas limitadas. Me pedí una Fullers 1845 que no estuvo mal. Caramelo y Toffee, un sabor clásico que ya conocía. Después descubrí que tenían Westmalle Tripel y me pedí una de esas para el segundo tiempo. Esta es la tripel más clásica. Muchísimo aroma y sabor a plátano que proviene de un ester llamado acetato de isoamilo producido por la levadura belga en general, pero muy particularmente por esta cepa de Westmalle. La cerveza de color amarillo con espuma acolchadita y muy correcta.
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| Tjeeses en el Hoppy Loft. |
El partido que vimos no fue nada espectacular, pero la pasamos bien. Después de ahí, Calvin y Lisa decidieron que era hora de ir a dormir. Yo logré convencer a Ana de que me acompañase por una cerveza más al Delirium Tremens Pub. No estaba seguro si volveríamos y como estábamos muy cerca, nos dimos la vuelta. En lugar de pasar al sótano donde se encontraba la mayoría de la gente, nos subimos a un segundo piso llamado el Hoppy Loft. Ahí tenían varias cervezas de los países escandinavos y de los Estados Unidos. Pero uno no anda en Bélgica para probar cosas americanas. Me ordené una Tjeeses de De Struise para terminar la noche en forma. De color ámbar y poco lazo. Una cerveza de alto contenido alcohólico, pero que no lo hacía notar. El sabor predominante era caramelo y la sensación en el paladar era muy ligera. Una buena forma de terminar. Salimos Ana y yo de ahí, y en el corto trecho hacia el hotel me empezó a rugir la tripa. El kebab que habíamos probado antes había sido en una tortilla de harina y no estaba muy llenador. Yo recordaba una calle por detrás de la gran plaza con muchos restaurantes griegos. Hacía algunos 10 o 12 años me había comido una excelente pyta en una fondita. Mi instinto gourmande me guió sin titubeos hasta el mismo lugar y disfruté de una pyta maravillosa. En un pan redondo sólo agujereado por arriba me llenaron de carne de cordero y le agregaron un repollo agrio que le complementaba de maravilla. Rebotamos hasta el hotel llenos de felicidad.
Boon:
El jueves en la mañana empezaba mi primera prueba difícil. Uno de mis miedos más grandes durante el viaje era excederme. Los que me conocen, saben bien que no le rehuyo a los problemas de la ciencia. Sabrán mis amigos que -dadas las circunstancias correctas- en ocasiones puedo emprender la noble tarea de documentar cuidadosamente la degradación del vilo al beber alcohol. Nunca lo hago por euforia o descontrol. Sin embargo, en Bélgica estaría ante los mejores ejemplares de cerveza, y el cuidado debería subir al máximo. Después de todo, no es común que uno ande ninguneando la ingesta de una Fullers 1845 como me pasó la noche anterior. La peor pesadilla que yo imaginaba era la de caer en la deshidratación, preso de la sabrosía de los brebajes que se me presentaban, y (
gulp) perderme de alguna experiencia fantástica al día siguiente por estar crudo. Nunca he conocido esa resaca, pero he visto como sufren los bebedores alegres; y no estaba dispuesto a conocer ese estado ahora. Quien ha sufrido esa g
uele de bois lo describe como estar al borde de la muerte, querer exhalar, y no poder hacerlo. La sensación esa de agonía final se prolonga. ¡Oh dolor! Así que la hidratación continua, aunque a veces molesta, probó ser atinada. El jueves sólo me levanté con un poco de desconcierto momentáneo, y me bañé rápidamente. Salimos por el carro, a pasar por Lisa y Calvin, y nos dirigimos a la estación del Sur de Bruselas. Ahí recibimos con abrazo azteca a Maru y a Bitch. Yo los esperé en el carro con las maletas hasta arriba y le pedí a Ana que me comprara algún pan y un café.
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| La camioneta algo apretada. |
A los pocos minutos regresaron todos y después de batallar con nuestro equipaje emprendimos la huida. Aquí cabe recalcar que los Europeos tienen algún problema en la descripción de los espacios. Cuando renté la camioneta, el sitio de internet claramente decía 7 personas y maletas. Nosotros muy apenas logramos caber los 6 con nuestro equipaje, y eso que todos más bien somos de figura esbelta. En cada trayecto, una persona se iba con maletas alrededor y encima. Lo bueno es que Bélgica es un país pequeño y los recorridos eran cortos. Para la primera cita, salimos de la estación del sur, y en poco más de 20 minutos llegamos a la región de Lembeek. Nos fuimos directo a la cervecería Boon. Al llegar, nos tardamos un poco en dar con nuestro guía, pero finalmente lo hallamos afuera de la cervecería.
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| A la entrada de la cervecería Boon. |
Se trataba de alguien contratado por la oficina de turismo de Halle, un pueblo vecino. Yo había solicitado la visita guiada en inglés, pero Ward nos preguntó si no preferíamos hacerlo en español, pues él lo hablaba muy bien. Aceptar fue nuestro primer error garrafal del viaje. Resultó que el tipo en algún momento de la prehistoria había estudiado español, y refundido en un villorrio de la periferia, pocas veces tenía la oportunidad de practicar. Su fluidez era como la de un chango estreñido. La visita guiada fue pintoresca, eso no se puede negar. Eduuuuuuaaarrdo, nos informó que así se traducía su nombre, batallaba seguido en encontrar las palabras para describir lo que veríamos en la cervecería. Por otra parte, el encanto de las máquinas anticuadas que estaba presente en Cantillon, no se veía igual en Boon. Aparentemente, hacía muy poco habían modernizado la planta. Así, vimos tanques medianamente grandes de acero inoxidable y máquinas automatizadas. Nada que nos emocionara mucho. Por otra parte, Eduardo batallaba a horrores para encontrar la palabra "lúpulo". Maru, que venía con la espada desenvainada para cuestionar mi organización del viaje, no tardó en tomarle una foto subrepticia al buen Eduardo señalando con el índice al cielo y producir un
meme.
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| "Lúpulo, lúpulo, lúpulo, lúuuuupulo" |
Cuando finalmente encontró la palabra "lúpulo", Eduardo la repitió unas once veces. Continuamos la visita subiendo y bajando por algunos salones en una bodega de techos muy altos. Nada para escribir a casa, hasta que llegamos a los toneles de maduración.
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| Las barricas de maduración en la cervecería Boon. |
Los toneles sí que eran bonitos, y aunque para ese momento ya solo fingíamos escuchar a Ward para no parecer patanes, lo cierto es que sí logré disfrutar mi estancia en el cuarto de las barricas. Había un agradable olor a levadura salvaje. Parecido al de un calcetín usado, pero en apetecible. Luego Eduardo hizo su primer chiste cuando nos señaló un apagador en forma de busto femenino y lo acarició salazmente. Antes de salir de ahí, Eduardo con su español a ritmo destartalado nos confesó que en realidad apenas éramos el segundo grupo al que nos daba la visita en Español. No nos sorprendió. Lo que sí nos sorprendió, fue que enseguida nos reveló que el anterior grupo no le dijo nada a él, pero que posteriormente se quejaron ante su agencia y solicitaron el reembolso. El reclamo era que Ward hablaba muy mal el español. Yo sinceramente batallé para contener la carcajada, pues por un lado, me parecía totalmente justificado lo del reembolso, y por otro lado, me enternecía la inocente actitud de Ward, y que no se le ocurriera que quizá nosotros también estaríamos algo inconforme con el ritmo de sus descripciones de la cervecería. Al final salimos de la fábrica y nos dirigimos a la plaza que estaría a un par de cuadras. No habría degustación en el sitio, sino que nos llevarían a un bar en el centro. El pueblito de Lembeek era pintoresco y agradable; muy apacible. Nos sentamos al sol, a un costado de la iglesia y junto a un enorme basurero verde de metal, y Ward entró a conseguirnos nuestra degustación. Ya para ese entonces yo estaba muy nervioso porque Maru y Bitch apenas se habían integrado a nuestro viaje, y las experiencias no eran favorables. Bitch lo tomaba con buen sentido del humor, pero yo sospechaba que en cualquier momento Maru me diría que saboteaba mis planes y que mejor nos íbamos a otro lado. Luego llegaron las cervezas. La primera fue la Boon Oude Gueuze. Y entonces todos fuimos felices. Una cerveza dorada, algo brumosa, con sabor a granos de la cebada y de firme acidez. A Maru no pareció molestarle mucho. Dijo que no sabía a cerveza. Al instante empezamos a congraciarnos con Ward, y pudimos darnos cuenta que en realidad el viejo había hecho su esfuerzo, y que, por disposición no había quedado. Lo re-adoptamos como un buen guía, pues nos había dado buenas historias para seguir contando, y vimos que se había esmerado por agradarnos. Así, con español oxidado, sus chistes poco cómicos, pero con sus años encima, lo imaginamos como un abuelito cariñoso. Bitch se pidió algunos salamis y quesos para acompañar las cervezas. Luego nos trajeron la Boon Kriek, que estaba roja y algo dulzona. No es de las mejores krieks que he probado, pero desde ahí identifiqué que Maru estaba contenta y entonces me empecé a relajar. El color rojo siempre funciona con las chicas. De ahí el éxito del Martini cosmopolitan, que poco tiene de Martini. El viaje seguiría con el itinerario planeado.
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| Geuze Mariage Parfait. Al fondo la Kriek. |
Después nos trajeron la excelente Boon Mariage Parfait, una gueuze con un poco más de alcohol, color dorado clara y una espuma blanca de un centímetro. La sensación en boca era de final seco. Los sabores a cebada y trigo presentes, con algunas notas de madera de roble. El 8% de alcohol, imperceptible. Terminamos de pasar una degustación agradable. Ward se despidió, no sin antes introducirnos a algunos personajes locales que se encontraban en el café. Por ahí heredamos a algún otro viejecillo. Platicamos con ellos. Eran personas agradables y amables. Al salir nos asomamos en la iglesia que estaba bastante mona para un pueblo tan pequeño como lo que parecía ser Lembeek. De ahí teníamos planeado comer en algún restorán de la región. La opción inicial había sido comer en Drie Fonteinen. Desgraciadamente, la semana anterior, al querer reservar una mesa me indicaron que estaría cerrado. La página de internet no era muy clara. Yo quería ir al lugar para reconfirmar si en verdad estaría cerrado. Drie Fonteinen produce fantásticas Lambics, y tiene fama de ser un gran lugar para comer conejo, o algunos otros platillos típicos de la región. Al final, decidimos irnos con una segunda alternativa que yo había revisado en la guía de la buena cerveza: Volkscafé de Cam. Aunque estaban relativamente cerca de donde nos encontrábamos, Drie Fonteinen y De Cam estaban en direcciones opuestas. A nuestros viajeros ya para ese entonces les rugía la tripa, y no quise arriesgarme a llegar a Drie Fonteinen solo para encontrar que estaba cerrado. No después del desacierto de la visita a Boon. Así que nos fuimos rumbo al Volkscafé de Cam que se ubica enfrente de la Gueuzería De Cam.
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| Ward tratando de encontrar la palabra adecuada para su explicación. |
De Cam:
Manejamos unos veinte minutos por la campiña belga. En distancia estábamos muy cerca, pero ahí las carreteras eran muy estrechas y los límites de velocidad bajos. Finalmente llegamos al Café frente a De Cam y nos instalamos en una mesa al aire libre. Resultó que el café de enfrente, no estaba realmente relacionado con la gueuzería. Sólo está instalado en la misma privada y justo enfrente de las puertas. De Cam no es propiamente una cervecería. Ellos no producen su propia lambic, sino que la compran de distintos productores y ellos solo las añejan y hacen la mezcla para vender sus productos finales. Son una empresa chica, y con poca producción, por lo que no es tan fácil obtener sus productos. En el Volkscafé de Cam nos ofrecían una degustación de la lambic, la kriek y la gueuze, que no dudé en pedir.
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| Lambic, kriek y gueuze De Cam. |
La lambic tenía un sabor cítrico más firme que las otras del mismo estilo que había probado. Era acidita, color amarillo orín (orín es el diminutivo de oro), y muy ligera carbonatación. El sabor era muy ligero a grano y no muy complejo. Una lambic refrescante y correcta. Enseguida probé la gueuze, que tenía un color ligeramente más oscuro, y obviamente, mayor carbonatación. Aquí sí me pareció que los sabores cítricos de la gueuze estaban muy presentes y dejaban a la acidez y la malta en un segundo plano. Tenía un poco sabor a jugo de manzana. La mejor de la tarde, fue sin duda la kriek. Una cerveza color rojo cereza, con un pequeño lazo de espuma blanco y carbonatación activa. Un sabor parecido a las paletas esas clásicas de la infancia, rojas, redondas de cereza. Muy sabrosa, y de una consistencia algo espesa. El sabor acidito complementaba el dulzor natural cereza apoderándose de la cerveza. No empalagaba en lo absoluto. Una de las mejores krieks que he probado por los distintos matices de los sabores y la consistencia atípicamente espesa. Junto con las cervezas cada quien ordenó su comida que en general era casera y sabrosa. Yo me pedí un conejo en una reducción de Dubbel que no estaba nada mal. Maru y Bitch me vieron un poco feo porque ellos tienen a un conejo de mascota. Les pedí perdón y disfruté de mi platillo como el personaje de Alicia en el país de las Maravillas con los ostiones.
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| Noten el signo con los tres mazos. |
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| Dibujados en gis, ya no parecen tanto unos mazos. |
Después de la comida nos levantamos a asomarnos a la gueuzería de enfrente. Por suerte había un grupo de personas mayores que recibían una visita guiada. No entendimos nada porque estaban hablando en holandés, pero pedimos autorización de meternos y deambular por el cuarto de los toneles. Nos divertimos tomando algunas fotos soeces con unos dibujitos en gis que representaban unos mazos, pero en realidad parecían un órgano reproductivo.
Bierschuren/ Moeder redux:
Una vez que salimos de la cervecería, vimos el paisaje de alrededor y nos sentimos muy relajados. Camino al carro tomamos unas fotos de unos chivos y pavorreales que estaban en las cocheras de las casas de por ahí. Al salir, nos dirigimos a una tienda llamada Bierschuren que estaba en el paso de regreso a Bruselas. Ahí me compré una cantidad decente de cervezas de diferentes casas. Este lugar me lo habían recomendado por ser más barato que las tiendas del centro. Aunque ya estábamos en Bruselas, en la periferia sí encontramos mejores cosas. La mayoría de las botellas que ahí compré fueron de varias de las cervecerías que visitamos como De Cam o Cantillon, pero también encontré cosas de Westvleteren, Fantôme y Drie Fonteinen. Los precios eran por lo general muy decentes. Sobresalía ver cervezas como la Rochefort 10, la Orval o la St. Bernardus Abt 12 a menos de 2 euros cada una. La verdad es que sería difícil llevarme unas cajas de esas cervezas de regreso y me decidí por botellas que no se consiguen fácilmente en casa. Me encontré una cerveza de Drie Fonteinen Hommage que no tenía precio. Pregunté en la caja y me dijeron que esa era especial, y que la vendían en 100 euros. ¡Los muy cabrones! Por supuesto que no la compré, pero eso no mermó mi ánimo, me llevé muy buenas cosas de todas formas. Salí de la tienda muy contento, pero con un verdadero problema de cómo habría de llevarme mis presas de regreso a casa. Además, como ya había dicho, Calvin me regaló el vaso del cuerno, que por su forma peculiar, no sería fácil de transportar.
Saliendo de ahí, Lisa sugirió que si pasábamos por el Atomium. ¿Atomium? Eso no sonaba al nombre de un bar. Yo recordaba vagamente que se trataba de una escultura de acero, pero la verdad es que pensé que sería algo así como de 2 ó 3 metros. Accedí con un poco de flojera al desvío en la ruta. Nuestro fiel GPS nos dirigió a una parte en el norte de Bruselas donde había un parque muy grande y donde llegamos a la escultura. Debo reconocer que es bonita y que sí valió la pena pasar por ahí. Después de la foto obligada, nos regresamos al hotel.
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| El bostezo de Maru fue producto del mal tour de Ward. |
Maru y Bitch apenas harían su registro de entrada. Más tarde caminamos por el centro de Bruselas, y por entera casualidad, llegamos de nuevo al Moeder Lambic, donde disfrutamos algunas cervezas más. Yo me tomé una Gueuze Tilquin que no estaba nada mal. Luego una Cuvee de Ranke que me sorprendió. Color miel, brumosa y una espuma de medio centímetro color blanca. Era ligeramente acidita, con sabores cítricos y un saborcillo a lúpulo floral muy agradable. El lúpulo también se notaba en el aroma, aunque comparado con la St. Gilloise de Cantillon, era más restringido. Después de eso me pedí una Belgian Pale de la Cervecería de la Senne que se llama Jambe de Bois. Excelente cerveza, con las clásicas notas a plátano y chicle, pero además amarguita; cargada con su buena dosis de lúpulos europeos. Así terminamos de pasar una muy buena tarde, aunque las mujeres se levantaron y comenzaron a caminar por los alrededores. Descubrí que no era indispensable su presencia para continuar disfrutando mis cervezas. Más noche cenamos en un restorán cubano que estaba bueno, y yo por no dejar, me pedí una Rochefort 8. Cuando salimos, decidimos caminar alrededor de la Gran Plaza de Bruselas y compramos algunos chocolates para turistas. Ya para rematar, decidimos que los hombres nos iríamos a tomar al Delirium Tremens, mientras que las mujeres se regresarían al hotel.
Delirium:
El Delirium Café es famoso por tener el record Guiness de más número de cervezas en su lista. El menú, lo puede uno comprar por 5 euros y tiene el grosor de una revista medianona. En la lista hay muchísimas cosas, desde los ejemplos de las lagers comerciales de muchos paises del mundo, hasta cosas realmente raras y especializadas de Bélgica, Inglaterra, Estados Unidos y varios países cerveceros más. Dependiendo, cuando uno pregunta a los
beer geeks acerca de este lugar en Bruselas, la recomendación tiende a ser que hay mejores lugares donde tomarse cervezas. La queja es que este lugar se llena de mequetrefes desmadrosos, a quienes poco les importa la "degustación" de la cerveza, y que esto hace que sea un lugar incómodo. A mí me recomendaron ir, y decidí que debía darle una oportunidad. Los conocedores apuntan que si has de ir a beber buena cerveza, debes procurar el mezzanine llamado "
Hoppy Loft". Ahí fue donde me tomé mi cerveza la noche anterior con Ana. Al llegar con Bitch y Calvin, me asomé en el piso de arriba, y comprobé que efectivamente tenían unas 15 cervezas da barril de muy buena calidad, y aparentemente bien seleccionadas. A Bitch le apetecía un ambiente un poco más movido y cambiarle el ritmo a los lugares que ya habíamos visitado. Nos fuimos al sótano, donde estaba la cava con las 2004 cervezas de la lista. Había un montonal de gente, y había letreros advirtiendo que dentro de poco, tocaría una banda de rock, y que los precios se incrementarían en un 25%. Cuando llegamos empezamos a visualizar el área, y se veía difícil que nos pudiéramos procurar una mesa. El lugar estaba aperrado. Bitch sacó sus habilidades caninas y nos consiguió tres lugares en la barra, casi en la orilla del antro. Eran los últimos tres lugares de la barra, pegados frente a una pared de vidrio detrás de la cual se veía el inventario de cerveza para los clientes. Aunque buscábamos una mesa, el lugar conseguido fue el ideal. Como estábamos cerca de la pared del bar, no había mucho tráfico humano por ahí. Sentados en la barra, teníamos alguien cerca para traernos las cervezas que fuéramos pidiendo. Si bien el lugar estaba lleno a reventar, nos conseguimos una esquinita como santuario. Lo siguiente fue decidir cuáles cervezas de entre todas las opciones nos habríamos de beber. Ahora a la distancia parece absurdo, pero puede ser muy abrumador ver un menú con tantas opciones.
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| La Meaenlacama |
¿Por dónde empezar? Me delegaron la facultad de decidir lo que pediríamos, así que me di a la tarea de buscar algunas cosas interesantes para compartir. Lo que me sorprendió fue que a pesar de estar pidiendo rarezas del menú, todas y cada una de las cosas que pedimos, nos las trajeron con diligencia. Cada cerveza en su vaso correspondiente. Aunque las condiciones del lleno del lugar y la música fuerte no eran lo ideal para degustar, seguro que pasamos un rato agradable. Cuando hubo que abrir la llave, yo me di a la tarea terrible de navegar el mar de personas hasta el baño. Recorrí casi todo el sótano, que era bastante amplio en búsqueda de los baños, solo para darme cuenta que estaba justo detrás de nuestros asientos en la barra. El lugar estaba tan lleno, que no se veían los accesos. Los viajes subsecuentes fueron mucho más sencillos. La primera cerveza que ordenamos fue una Fantôme Pissenlit. ¿Cómo no pedir una que se llama "mearse-en-la-cama"? Resultó una cerveza interesante, color ámbar, con sabores ácido-cítricos y notas a pimienta. De ahí pedimos una L'enfant terrible de la cervecería de Dochter van de Korenaar. No estoy muy seguro de dónde saqué esa decisión, pero resultó ser una tipo gueuze muy correcta. Color un poco más anaranjado de lo usual pero con un saborcito ahumado que me gustó. Lo atribuyo a un posible uso de centeno, pero desconozco si es el caso en realidad. Después me pedí una Cantillon Lou Pepe Gueuze, que es la gueuze pero de una cosecha especial. No sé exactamente cómo elijan las mejores lambics para preparar sus Lou Pepe, pero en la cervecería, nuestro anfitrión nos la describió como sus cervezas
top. La cerveza estaba estupenda, color dorado, lazo de espuma que se desvaneció casi al instante, como suele suceder con las cervezas de levadura salvaje. El sabor a grano de cebada estaba presente, con toques cítricos y muy bien redondeada. Una cerveza de verdad de maravilla. De ahí saltamos a una Buffalo Stout de la Cervecería Van Den Bossche. No recuerdo por qué la elegimos, pero se trataba de una stout imperial que no estaba tan negra como algunas otras. Incluso se veía cafesosa a contraluz. No estaba mala, pero tampoco al nivel de la Dottignies del Bier Circus. Algo dulzona, según mis notas. Ya cuando íbamos a terminar, Bitch se mostró intrigado por los distintos vasos que nos iban trayendo con cada nueva cerveza.
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| El vaso de gordita invertida. |
Le agradaban las distintas formas y estilos, y el hecho de que la marca siempre correspondiera con lo que nos estaban sirviendo. Así, se decidió que él pediría la última cerveza (que no fue la última). Se asomó por la barra y divisó el vaso más peculiar. Era un vaso que yo describiría como una gordita en vestido entallado elegante, pero de cabeza. La cerveza se llama Gordon Finest Platinum. Resultó ser una
Belgian Strong Pale Ale demasiado alcohólica. Fuera del vaso, no la disfrutamos mucho y batallamos para acabárnosla. Tenía los elementos básicos y el perfil de una Duvel, pero mal ejecutados. Mis notas dicen: excelente vaso, chingos de alcohol, ogetona. Creo que es un buen resumen. Calvin decidió abandonar el barco antes de que nos termináramos esa gordita invertida. Bitch y yo estábamos preocupados por no desperdiciar. Cuando nos la terminamos seguíamos platicando, pues hacía ya tiempo que no nos veíamos y decidimos que no podíamos terminar la noche con ese mal sabor de boca. No haría justicia al buen día cervecero que habíamos tenido. Para no fallar, me pedí una Orval. Orval es una de mis cervezas favoritas así que nos despedimos del bar, que ya para esas horas empezaba a vaciarse con una nota muy alta. No recuerdo exactamente la hora, pero salimos tarde. En camino al hotel, yo le comenté a Bitch que había pasado ya buen rato desde nuestra anterior cena, y que podría ser buena idea comernos un kebab. Naturalmente yo estaba pensando en la pita del día anterior. Cuando salimos del bar nos topamos con calles desoladas hasta la Gran Plaza. Yo le dije a Bitch que tenía mis esperanzas, pues los inmigrantes suelen ser los más trabajadores y nos es infrecuente que estén abiertos hasta altas horas de la noche. Pasamos por la calle de los kebabes, y para mi fortuna, resultó que sí estaban abiertos. Llegué a mi cuarto todavía con más de media pita en la mano. Me sentía glotón por la segunda cena, pero la estaba disfrutando tanto que se me quitó el sentimiento de pena. Cuando entré, Ana me vio con la pita y de inmediato exigió que le compartiera. ¡Carajo! Ni modo que no le diera.
Duvel Moortgat
Al día
siguiente nos levantamos e hicimos el checkout del hotel. Tomamos el carro y
nos despedimos de Bruselas. En la agenda estaba tomar una carretera hacia el
norte, visitar la fábrica de Duvel, y seguir hasta Antwerp. La planta de Duvel
se encuentra más o menos a la mitad entre Bruselas y Antwerp. Luego de unos 40
minutos en el carro llegamos finalmente a la planta. Duvel Moortgat es una
cervecería bastante industrializada, que ha estado comprando marcas nuevas,
incluso algunas americanas en los últimos años.
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| La línea de embotellado es muy industrial. |
Lo importante de esta compañía,
es que apesar de su considerable tamaño, sigue produciendo cervezas de calidad.
La cerveza icónica es la de su misma marca: Duvel. Una cerveza que define un
estilo; el de la Belgian Strong Pale. La Duvel es una cerveza sumamente
refrescante, con un final seco, sabores y aromas a lúpulos europeos, y notas de
su levadura a clavo y algunas otras especies. Duvel, en holandés significa
Diablo. Michael Jackson, en su libro sobre las cervezas de Bélgica denomina al
estilo iniciado por Duvel (que ya ha generado muchas imitaciones) como las
cervezas diabólicas. El asunto es que la Duvel es una cerveza fuerte, seca, de
una indudable calidad y complejidad. También es cierto que es una cerveza que
se produce a gran escala. Hoy breban alrededor de chingos de barriles al año. Sin tener
evidencia exhaustiva, yo me atrevería a decir que es una de las mejores
cervezas del mundo, que se producen a una escala industrial de este tamaño.
Claro, en Estados Unidos ya hay cervezas de gran calidad que se producen
masivamente como Sierra Nevada, Sam Adams o New Belgium. Pero esas empresas,
aunque tienen cervezas extraordinarias, en buena medida, su caballo de batalla
tiende a ser una cerveza más de diario. Ejemplo, la Pale Ale, la Fat Tire o la
Boston lager. No son malas cervezas, pero yo no les llamaría de
“especialidad”. La Duvel sí es una cerveza de especialidad. Y sin embargo, se
produce a gran escala.
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| Pascal empezando la visita guiada al grupo. |
De ahí un poco mi interés en visitar la planta de Duvel.
Ahora bien, al decidir usar el tiempo en visitar un lugar industrializado, me
cuestionaba si valdría la pena. Después de todo, uno puede visitar Cervecería
Cuauhtémoc en Monterrey, y también habrá maravillas de tecnología moderna. El
viaje a Duvel fue increíble. Al llegar a la planta, nos atendió Pascal, quizá el guía
más profesional del viaje.
El contraste con las cervecerías chiquitas del viaje
era muy ilustrativo. Aquí la planta tenía un montón de cosas automatizadas,
desde el proceso de maceración, hasta la fermentación, maduración y
embotellado. La parte de embotellado era quizá la visualmente más activa, y más
impresionante, pero con muy pocos empleados. Tecnología de punta. En un momento
pasamos por un lugar cerca de los fermentadores y vimos el escape de donde sale
la levadura que está fermentando. Como es un proceso explosivo, mucha levadura
sale de los tanques y la echan al drenaje. El olor era extraordinario. Duvel
concentrada.
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| El "desague" de levadura. ¡Qué buen olor! |
Desde que
llegamos a Duvel, nos dimos cuenta que era una empresa bien y profesionalmente
manejada. Esto, porque en primer lugar, nos confundimos de entrada y nos
metimos al corporativo, en vez de a la parte donde ofrecen las visitas guiadas.
El corporativo tenía un feel moderno, casi nórdico. Oficinas decoradas con
colores frescos, diseños sencillos y espacios limpios. Luego nos avisaron que
nos habíamos metido al lugar equivocado, y conocimos a nuestro guía. Ahí nos
recibió, y nos entregó unas pulseras de plástico, nuestro equipo de audio, un
chaleco fosforecente y nos pasó un video promocional sobre la historia de
Duvel. Después nos guió por las instalaciones con una estructura muy ordenada,
pero sin perder la pasión por la degustación del producto y del valor
preponderante de hacer una cerveza con carácter y con sabor. Sé que esto lo
dicen también las lagers aguadas. Tecate, una cerveza con carácter, etcétera.
Pero aquí en Duvel, suena mucho más auténtico porque al final, uno degusta la
cerveza, y encuentra ese sabor distintivo y único. Al terminar la visita guiada
nos trasladamos a un bar muy coqueto. Ahí nos dijo Pascal que como éramos pocos,
en lugar de darnos tres cervezas de nuestra elección a cada quien, nos podría
dar a probar, aunque no fueran cervezas completas, pero podríamos degustar toda
la gama (o buena parte de ella) de los productos Duvel. Se sentó con nosotros y
nos enseñó cómo servir la Duvel en la copa tulipa tradicional. Vaciar con
cuidado para no servir la levadura. Ese es el procedimiento para tener una
cerveza de claridad extraordinaria. Luego nos mostró cómo el grabado en laser
al fondo del vaso desataba un torbellino de carbonatación que se escapa de la
cerveza. La pasamos bien con Pascal, y nos servimos un poco de todo.
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| El bar de las degustaciones. |
Primero probé una nueva cerveza llamada Vedett IPA. Una IPA estilo americano color ámbar/dorada con carbonatación ligera y un lazo delgado persistente. Amarguita, y con leves aromas a pino. No es una IPA americana tan agresiva, pero para ser europea, diría que pasa la prueba. Luego nos sirvió una Duvel Tripel Hop. Esta cerveza es la Duvel ordinaria, pero dotada de lúpulos en seco para darle un aroma especial. La variedad de los lúpulos varía cada año. Este año nos tocaron europeos, Saaz y Styrian Goldings. El sabor de la Duvel de base está presente, pero con un toque adicional a lúpulos florales. Un buen experimento, aunque sigo prefiriendo la Duvel clásica. Esa fue la que probamos a continuación. Después me intrigaban algunas de las cervezas de marcas que Duvel había adquirido y probé la Goudenband. Una oíd brin acidita, de final seco y ligera. Color café, sabores a ciruela, y toques de roble. Nada mal. Finalmente probé una Houblon Chouffe que es una IPA Belga. En Monterrey la había probado ya, pero nunca tan fresca. Color dorado, con espuma densa y blanca. Notas ligeras a plátano, pero de amargor firme que limpia los esteres muy rápido. Durante nuestra degustación, llegó
un grupo grande de viejos que se sentó en otra parte del bar y a quienes sí
vimos que les contaban más juiciosamente cuántas cervezas llevaban. El tour de
9 euros, incluye tres cervezas. En la pulsera roja que nos dieron al inicio,
vienen unos vasitos de Duvel que te van arrancando para saber cuántas llevas. A
nosotros Pascal nos dio un trato especial. La pasamos increíble. Al final, además
de todo lo que nos dieron, nos regalaron a cada quién una copa tulipa de Duvel.
Este vaso, por cierto es uno de mis favoritos para beber cerveza. Es muy grande
para acomodar bien la carbonatación alta que tiene la Duvel, pero a la vez
permite olisquear muy bien el contenido que se vierte dentro. En conclusión, la
visita a Duvel fue una gran desición, y desde el punto de vista económico, el
lugar en donde más nos retribuyeron el costo de la visita guiada. Imagínense,
por 9 euros probé 5 cervezas, tuvimos atención personalizada nos sentamos a
beber en un bar sumamente agradable, y encima, nos regalan un vaso. Bien
jugado.
Antwerp/Kulminator:
Después
salimos rumbo a Antwerp. Una ciudad con población judía, a la que decidí acudir por la única razón de que ahí está un bar legendario que se llama
Kulminator. En la etapa de investigación del viaje, varios indicadores me apuntaron hacia este lugar. El Kulminator es un bar que abrió por ahí de los 70s y cuyo dueño es amante de las cervezas. Aparte de una decoración curiosa, el Kulminator es famoso por ser uno de los mejores sitios para encontrar cervezas añejadas. Muy al estilo de los vinos, en este lugar tienen cervezas de varios años y uno puede degustar las diferentes cosechas. El menú era colosalmente abrumador. Pero antes de eso, describo un poco Antwerp en general y la ciudad como la fuimos descubriendo. Al llegar nos instalamos en un hotel muy agradable frente a un parque. Cuando llegamos nos topamos con una ciudad limpia, pero curiosa. Salimos caminando desde el hotel y lo primero en la agenda era pasar por la estación de trenes.
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| La estación de trenes de Antwerp. |
La estación es famosa por su arquitectura, y en el mapa vimos que, aunque no estaba en la dirección del Kulminator, nos quedaba a unas cuantas cuadras. En el camino, pasamos por un distrito de oficinas y tiendas de diamantes que estaba un poco desolado. Era viernes por la tarde, pero el tamaño de los edificios y la ausencia de gente en la calle nos pareció algo extraño. Así como se sienten algunos pueblos europeos en domingo, pero acá era viernes. Luego llegamos a la estación de trenes y ahí vimos algo de movimiento. Efectivamente, la estación era bonita, arquitectura estilo steampunk. Valía mucho la pena para tomarse una foto. Nos comimos algo ahí en la estación, pues ya andábamos hambreados. Una especie de comida/cena rápida, para no perder el tiempo que corresponde a las cervezas. De ahí nos fuimos caminando por una calle que salía de la estación y que estaba llena de restaurantes y bares. Aquí vimos los primeros signos de vida en la ciudad, pero insisto que para la infraestructura y tamaño de los edificios, me pareció que había poca gente. Seguimos caminando hasta llegar al centro, y pasamos por una calle de tiendas de ropa y algún distrito de moda que se veía muy bien, sin embargo, estaba desolado. Desconozco si así es la ciudad normalmente, pero así nos tocó. Ya cuando llegamos casi al centro de la parte vieja, vimos una catedral alta, gótica y muy bonita. Las calles hacían como un laberinto y las plazas parecían improvisadas. En la catedral, por ejemplo, la plaza estaba como en un triángulo en lugar de cuadrada, y el tamaño de la plaza no parecía corresponder al tamaño de la iglesia. Una ciudad extraña. Luego dabas vuelta por alguna calle curva, y te topabas con más edificios majestuosos. Me habría gustado quedarme más tiempo para entender mejor esta ciudad. El caso es que después de una paseada aleatoria y agradable, nos empezamos a dirigir hacia el Kulminator. Habrán sido las 7:30pm u 8:00.
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| La entrada del Kulminator. |
Casi todo se veía cerrado, y los restaurantes muy vacíos. Me temí lo peor, que el Kulminator fuera a estar cerrado, y sin embargo, cuando llegamos, parecía ser el único local en 10 cuadras a la redonda que estaba abierto. Yo me puse a tomar algunas fotos en la entrada y me empezaba a emocionar. Bitch tomó la iniciativa y se metió. Nos asignaron una mesa grande en la que ya estaba sentado un señor de unos 65 años. Delgado, de pelo blanco y lentes. Casi todos los demás lugares estaban ocupados así que no nos quejamos. Cuando nos sentamos se presentó y nosotros hicimos lo propio. Yo me perdí unos cuantos minutos en el menú que tenía muchas cervezas y de diferentes años. En lo que yo trataba de decidir qué querría, Bitch se dio cuenta que en una mesa de al lado tenían una degustación de unas 8 cervezas, y pidió lo mismo para nuestra mesa. Fue una gran idea, porque muchas de las cervezas solicitadas eran muy buenas. Las cervezas que nos trajeron eran: La Trappe Quercus, Mikeller Black, Gordon Finest Barleywine, Hof Ten Dormaal Sauternesvaten, Malheur Bruin, Carolus Hopsinjoor, Dupont Avec les Bona Vouex, Bush Noel y Gordon Finest Platinum. Así es, ¡la gordita invertida en vestido volvió a aparecer! Nos las trajeron en vasos pequeños, pero cada uno en el vaso de la marca. De ellas, sobresalieron, en primer lugar, la la Trappe Quercus, una quadrupel añejada en barrica de algún tipo de licor. Excelente sabor a madera y algo de coco. Luego venía la Mickeller Black, una imperial scout de casi 19% de alcohol, con notas a chocolate muy fuertes y espresso. También la Hof Ten Dormaal era muy buena. En general casi todas eran excelentes, salvo la gordita invertida, que una vez más, sabía muy alcohólica.
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| Disfrutando el combo de cervezas de barril. |
La señora que nos atendió era la esposa del dueño, Leen creo que se llamaba. Ella era atenta y amable, pero callada y no muy proactiva. El dueño, Dirk, era un viejo taciturno y muy peculiar; con cabellera larga blanca y ondulada y casi no salía de atrás de la barra. La decoración parecería como un lugar de cuentos de hadas, libros y cajas viejas por todos lados. Plantas de lúpulos secas y algunos cuadros que se veían ajados. Luz de vela, polvo, desorden y madera añeja, en las mesas, en barricas y en cartones de cerveza. Pero todo ese desorden que invade el espacio físico hace que el ambiente fuera en extremo agradable. No creo que queden muchos lugares en el mundo con este tipo de encanto. El bar podría aparecer en cualquier libro de Harry Potter. Por las bocinas se escuchaba música clásica. No recuerdo haber ido a ningún otro bar en que pusieran música clásica. Había un par de gatos que circulaban el bar a placer. Uno de ellos era muy ducho y abría la puerta solo. Yo creo que salía a zurrar y luego volvía adentro del bar. Mientras nos traían el primer combo de cervezas, conocimos al tipo de al lado que se tomaba una cerveza y traía un libro. Se llamaba Jansens y parecía que era un asiduo del bar. Yo creo que a propósito se sentaba solo en esa mesa grande para conocer nuevas personas en cada ocasión. Dirk se acercó a la mesa y sin decir nada, le dejó dos corchos sobre la mesa a Jansens. Éste los tomó y se puso a hacer trucos manuales como una especie de "magia". Torcía sus manos de una forma extraña y se pasaba cada corcho de una mano a la otra en un solo movimiento. Suena fácil, pero nos tardamos unos buenos 5 minutos en descubrir y replicar la maniobra. Así rompió el hielo, y nos pusimos a platicar con él buena parte de la noche. Después, nos hizo algunos acertijos con dibujitos en una servilleta. Todo esto contribuyó a que el ambiente fuera más peculiar. La pasamos de maravilla. Luego llegaron otros dos hombres de unos 35 a 40 años que también sentaron en nuestra mesa y con quienes también estuvimos platicando durante la noche. Ellos me recomendaron que pidiera una cerveza añeja que tenían los dueños en la cava. Se trataba de una Stille Nacht de 1987. También ahí, uno de los individuos con quien compartimos mesa me dio a probar de la Dulle Teve, también de De Dolle. Dulle Teve significa
Mad Bitch, y según el mismo sitio web de la cervecería, ese nombre no le gusta a los americanos y lo cambian por uno menos agresivo. La cerveza era una tripel clásica, muy correcta. Lo más divertido fue el nombre de Mad Bitch. De cariño hasta nos empezamos a referir a Leen, nuestra amable mesera como la Mad Bitch. En retrospectiva, eso quizá no fue muy políticamente correcto de nuestra parte.
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| Stille Nacht 1987. |
Volviendo a la Stille Nacht, primero me cercioré que no me fuera a costar una fortuna, y cuando vi que solo costaba 12 euros, me animé. Leen se fue a la cava que estaba en la parte de atrás y regresó con una botella llena de telarañas. Me serví la botella dejando los últimos 2 centímetros de precipitados en la botella. Era color café oscuro. El sabor era muy ligeramente acidito, dulzona y con sabores a ciruelas, pasas y regaliz. También detecté sabor a higos, y un retrogusto dulce. Notoriamente oxidada, pero no de una mala manera, recordando a un buen oporto. La cerveza se sentía delgada en boca, seguramente por los años. También terminaba con sabores a jarabe de cereza. Me sorprendió que a pesar de la edad tenía carbonatación visible. Lo que sí es que se disipó rápidamente, y para los 10 o 15 minutos, ya la cerveza estaba completamente degasificada. Fue una experiencia extraordinaria. Sin duda una de las experiencias más educativas y enriquecedoras sobre el paso del tiempo en las cervezas. Antes de probar esto habría sido difícil anticipar que una cerveza pudiera seguir sabiendo tan bien después de tantos años. . Mientras yo me perdía en la degustación de esa cerveza, Bitch se empezaba a preparar para celebrar su cumpleaños en forma. Había visto que, como parte de la decoración había unas botellonas de 3 litros. Ubicó una, y luego la buscó en el menú. Sin que me diera cuenta pidió una de estas botellas, y luego empezó con una risilla de niño travieso. Leen tardó un rato en volver con el premio. Al llegar trajo 4 copas llenas de una cerveza dorada y Bitch estaba visiblemente preocupado. ¡No sabía lo que había pedido, pero a él le interesaba mucho que llegara en el misil de 3 litros! Cuando Leen se acercó, Bitch le reclamó su trofeo. Leen se fue rápidamente y después volvió con otras 4 copas llenas. Luego, ya un poco más sosegada, le explicó a Bitch que había abierto la botella atrás, y que la carbonatación hizo que empezara a salir toda la cerveza, por eso tuvo que servir varias copas de inmediato para no desperdiciar. Todo estaba en orden. Bitch más tranquilo, nos dio una copa a cada quién. Al poco tiempo, Leen regresó con el misil, batallando para cargarlo y lo colocó en nuestra mesa. Bitch fue feliz. La cerveza era una Augustijn que traía una fecha de consumo preferente antes del 2002. Así que debía de tener unos 13 a 15 años. Era una cerveza dorada, algo turbia, con sabor a cereal y trigo y de final seco. Fue una gran decisión, porque no sólo nos puso de buen humor a todos los de la mesa porque ahora teníamos un misil, sino que además estaba bastante rica.
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| Brindando el cumpleaños de Bitch. |
Por ahí Calvin también pidió un par de gueuzes que compartimos durante la noche. Oude Gueuze Vieille Oud Beersel y Gueuze 3 Fonteinen. Las disfrutamos enormidades. A medida que iba avanzando el tiempo nuestra conversación se fue haciendo más amena. Compartimos la cerveza con nuestros vecinos de mesa e intercambiamos opiniones del mundo. Primero se marchó Jansens cuando quizá nuestra conversación dejó de ser elegante. La pareja de amigos se quedó un poco más, pero también se retiraron aparentemente cuerdos. A nosotros nos comenzaba a ganar la euforia. Primero empezamos a dirigirnos a la botella como si fuese una persona. Le hablábamos y le platicábamos a "Agustín". Luego, nos pareció gracioso actuar la escena de un cuadro que estaba detrás de nosotros. Ya cuando el bar empezaba a vaciarse, nos sentimos autorizados a portarnos un poquito más mal. Le pedimos a otra persona que andaba por ahí que nos tomara la foto recreando el cuadro.
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| Recreando el cuadro en Kulminator. |
Cerca de medianoche nos salimos. Antes de irnos, y dado que habíamos hablado poco con los dueños, yo me dirigí con Leen y le dije que la habíamos pasado de primera. Le comenté como habíamos venido desde México y que estábamos en Antwerp solo para visitar ese bar. Se sonrojó y me sonrió, pareció darle gusto. Luego nos retiramos y salimos a la calle. Bitch se trajo a Agustín, ya vacío, por supuesto. Nos tomamos otras fotos en la entrada del lugar, y cuando salían otras personas, les preguntamos a dónde podríamos ir a seguir la fiesta. Durante toda la noche, Bitch cargó con Agustín. Hoy adorna su sala como trofeo olímpico. Ese día era el cumpleaños de Bitch. Ana y Lisa decidieron que ya había sido suficiente, y se regresaron al hotel. Maru quería festejar a su esposo, y Calvin y yo, pues no nos íbamos a negar. Un tipo que salió del bar nos dijo que lo siguiéramos, que él nos llevaría a una parte de la ciudad donde habría todavía algo de fiesta. Caminamos hacia la Catedral, pero en una distraída que nos dimos, se nos fugó. Yo creo que no quería que le arruináramos su fiesta. ¡Culerazo!
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| Un Bollecke. |
Luego de ver un par de opciones, y un bar en donde ya no había lugar, nos metimos a otro medio moderno a pedir unos tragos. Yo traía ganas de pedirme un "bollecke". En Antwerp hay una cerveza tradicional que se llama DeKoninck. El bollecke es como le llaman al vaso de esta cerveza roja. Es una cerveza buena, pero nada extraordinario. En Kulminator no quería gastar mis consumos en una DeKonick, pero ya en un bar más ordinario, no dudamos en pedirnos 3 bolleckes.
Yo me sentí muy conocedor pidiéndole a la mesera unos bolleckes, y así se lo dije a los demás. Les instruí de cómo en esta ciudad así debía de pedirse una DeKoninck. Bitch me dijo que él también lo hubiera sabido, pues estaba escrito en el menú. Quize decirle que era un imbécil, pero era su cumpleaños, así que lo dejé pasar, y sólo le dije: touché. Luego de tomarnos varios bolleckes salimos del lugar cuando ya también se estaba vaciando. Antes de llegar al hotel, nos metimos a un lugar de kebabs, que siempre abren hasta tarde y nos comimos una tortilla rellena de carne. Había una salsa bastante picos a. Creo recordar que nos dijeron que era alguna especie de día festivo, y quizá por eso haya estado un poco desolada la ciudad. Lo cierto es que ya a esas horas la memoria está un poco borrosa. Nos regresamos al hotel a dormir y seguir soñando con cerveza. La conclusión de Antwerp y del Kulminator es que hay que hacer todo lo posible por volver. Los dueños se ven grandes, y algo cansados, así que no hay que dejar que pase mucho tiempo. Esta ciudad gana el premio al lugar más quirky que he conocido. Desde sus calles torcidas, sus plazas amorfas, sus iglesias espectaculares, sus cervezas memorables, sus bares inigualables y hasta la bondad y el picor de sus kebabes.
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| Agustín. |
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| Leen con una sonrisa, detrás de la barra. |
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| Un bar de nombre curiosón que nos hallamos por ahí en Antwerp. |
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| Maru feliz en Antwerp. |
De Struise / St. Bernardus:
La mañana siguiente nos levantamos de buen humor. Salimos a media mañana rumbo al pueblo de Oostvleteren. Ahí teníamos planeado llegar a un
Bed & Breakfast que se encuentra contiguo a la cervecería de St. Bernardus. Originalmente, la idea era también visitar el café que se encuentra enfrente de Westvleteren y que se llama In de Vrede. Westvleteren es la cervecería Trapense más pequeña de todas y cuyas cervezas son más complicado de obtener. En teoría, uno debe llamar a una línea de teléfono que siempre está ocupada, y con una semana de anticipación reservar un lugar para comprar hasta dos cajas de la cerveza que en ese momento esté lista para la venta. Ellos solo breban tres cervezas que se llaman 12, 8 y 6. La Westvleteren 12 es una de las cervezas mejor calificadas en el mundo. Por varios años, estuvo en las listas como la número 1. Se trata de una quadrupel bastante buena. Además de esa reservación que uno puede hacer con mucha dificultad, justo enfrente de la abadía está el café In de Vrede, que es el único lugar autorizado por los monjes para la venta de sus cervezas. Lamentablemente, la semana de mi viaje, estaría cerrado. Yo tuve la oportunidad de probar dos ejemplares hace tiempo gracias a una persona que contacté por los foros de cerveceros en internet.
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| Las Westvleteren que me dejó Thijs. |
Se trata de un tipo holandés, de nombre Thijs, y que disfruta de enviar cervezas por correo a la gente como yo que tenemos curiosidad de probarlas. Él vive en holanda, pero cerca de la abadía y parece tener amistad con los monjes. Hace un par de años, lo contacté y por un precio muy razonable, sin lucro alguno para él, me envió dos botellas que disfruté mucho con un compadre. Ahora que iría tan cerca de la abadía, volví a contactar a Thijs para ver si me podría recomendar algún otro lado para beberme unas Westies. Thijs amablemente me dijo que él iba pronto a la abadía y que iba a comprar cervezas 8 y 12s. Me prometió que me apartaría 3 de cada una. Luego me dijo que las cervezas me las podía dejar en De Struise, otra cervecería a la que yo planeaba visitar. De pago, me pidió que en lugar de dinero, le llevara yo cervezas de México. Yo no quería comprometerme, porque ya sé que no hay cosas de calidad equivalente, así que le dije que le pagaba el costo. No me cobró ni un centavo de más. Decidí que también le llevaría algunas cervezas de México en agradecimiento. Volviendo al tema, cuando salimos de Antwerp, nos dimos cuenta que en el camino, antes de llegar al pueblo de Oostvleteren, pasaríamos por Ghent.
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| Una vista del río en Ghent. |
No teníamos mucha referencia de qué había ahí, pero en la guía consultada se hablaba de buenas cosas. Decidimos pararnos a comer. Nos paseamos un rato por el centro y conocimos una ciudad bastante pintoresca. Iglesias góticas, caminos empedrados, fortalezas, un río con casas de ladrillo... cosas normales. La pasamos muy bien. Maru y Ana nos dijeron que querían sentarse en un restaurante. Lisa obligó a Calvin a aprovechar el tiempo al máximo así que ellos se fueron a caminar y comieron algo más ligero en la calle. Cuando salimos de ahí, nos dimos cuenta que llevábamos ya el tiempo apretado. La idea era primero hacer el check-in en el
Bed & Breakfast, y luego pasar la tarde en De Struise. Ahí solo abren de 2 a 6 los sábados. Cuando llegamos, ya casi eran las 4:00pm así que solo quedaban dos horas para degustar las cervezas. El problema era que también ya nos esperaban en el hotel para recibirnos, pues originalmente dijimos que llegaríamos a las 2:00. Ana se vistió de héroe y me dijo que los hombres nos podíamos quedar en la cervecería, y que ella se iría con las damas a hacer el registro. No me opuse a tan razonable propuesta.
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| Así hacen la cerveza en De Struise. |
Nos dejaron en la puerta y se marcharon. Entramos a De Struise y el local era una antigua escuela. El cuarto de degustación se llama
Schoolhouse. Pasamos por un patio interior en donde había algunas barricas en reposo y algunos tanques y equipo de fermentación algo desordenado. Luego entramos a un corredor típico de escuela, y nos encontramos con el bar en un aula de clases. Había un pizarrón con una explicación en gis sobre el proceso de brebaje de la cerveza.
Había mesas largas y unas 30 personas jovialmente bebiendo cervezas. En una pared había unas 20 opciones de cervezas de barril, y unas 3 ó 4 personas en fila. En el mostrador atendiendo estaba Urbain Cotteau. El cervecero en persona. Urbain tiene
look de rockanrolero gastado, o más bien de corsario, con la cabellera larga y entrecana; acomodada -no peinada- con una división por en medio. Su cabello algo grasoso y ondulado. Le faltaba el garfio en la mano y la pata de palo. De hecho, Urbain podría ser un gran Geoffrey Rush en su personaje de los Piratas del Caribe, solo que unos 10 años más joven. Al llegar con él, nos atendió muy amablemente.
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| Disfrutando unas Black Alberts en el Schoolhouse. |
Me sugirió empezar con una Weltmerz, que era una cerveza ligera y acidita de 3% de alcohol. Luego cada quien empezó a pedirse sus cosas, pues cada cerveza costaba 2 o 3 euros a lo mucho. Calvin se pidió una IPA. Bitch y yo seguimos con algunas stouts. Yo me pedí primero una Black Damnation I, que era la Black Berry Albert. La serie de Black Damnation son varias stouts imperiales que hace De Struise y a las que le varían algún ingrediente a su cerveza base, que es la Black Albert. Ahí tenían varias versiones. Esta de Black Berry, sin que fuera mala, no me pareció la mejor. Calvin pidió la Black Albert ordinaria, y al probarlas juntas, me di cuenta que prefería la normal. Ambas estaban monstruosas, con 13% de alcohol y sabores a grano rostizado y chocolate, simplemente, la que traía las moras, como que sabía un poco menos definida. Las moras no las detectaba uno de forma clara. Luego me pedí otra variante que se llama Cuvée Delphine, que estaba añejada en barricas de bourbon 4 Roses.
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| ¿Urbain o Geoffrey Rush? |
Estaba muy buena también con las notas a vainilla, coco y madera que les da el añejamiento en barrica. Ya para terminar, me receté una Pannepot Reserva, que es la quadrupel de De Struise, añejada en barricas. Estuvo sublime. Nos hubiéramos querido quedar más tiempo para seguir degustando cosas en el salón, pero a las 6:00pm cerraron, y nos salimos de ahí. Las mujeres llegaron por nosotros, y nos encontraron muy contentos.
Bed & Breakfast/ St. Bernardus:
Al terminar en De Struise, nos regresamos al
Bed & Breakfast que está contiguo a la cervecería St. Bernardus. La posada estaba en un pueblo vecino a Westvleteren, a unos 10 o 15 minutos en carro. St. Bernardus es una cervecería que durante algunos años les maquiló la cerveza a Westvleteren, y hoy siguen haciendo algunas cervezas muy similares, en particular, la Abt. 12 que es en teoría, la misma receta que la Westvleteren 12. A un lado de la cervecería había unos campos de cultivo de lúpulos.
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| Un cultivo de lúpulo propiedad de St. Bernardus. |
El hotelito está pegado al otro lado a la cervecería y resultó ser una excelente elección para dormir. Un lugar con jardines muy bien cuidados, con arbolitos y plantas por doquier, y las paredes cubiertas de enredadera. Al fondo, los fermentadores de la cervecería. El servicio fue además extraordinario. Con atenciones personalizadas y genuino interés porque nos la pasáramos agusto. Cuando las mujeres llegaron a hacer el registro, nos informaron que habían tenido un pequeño problema con las reservaciones, y que sólo tenían 2 cuartos, en lugar de 3. La solución que ya nos tenían es que nos darían además la casa de una vecina del establecimiento. Maru y Bitch terminaron en esa casita, y en realidad estaba muy bien, pues tenía jardines bien cuidados, varios cuartos, una estancia para estar, y una cocineta. Cada quien se instaló en su cuarto. Los cuartos del
Bed & breakfast estaban muy correctos, decorados en madera y un tanto a la antigua, pero de buen gusto. Los nombres de las habitaciones correspondían a los nombres de las cervezas de St. Bernardus. Ana y yo nos alojamos en el tripel.
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| La entrada al Bed & Breakfast |
Luego nos encontramos en una sala de estar del lugar, en donde había libros, juegos de mesa, y lo mejor: un refrigerador con cervezas de St. Bernardus. Ahí había un pequeño letrero que decía que podías tomar las cervezas que quisieras y había un cesto para hacer alguna donación voluntaria. Nos tomamos unas cervezas y luego nos fuimos a la casa de Maru y Bitch que estaba al lado, y más amplia. Las mujeres habían comprado alguna que otra cosa antes de ir por nosotros a De Struise, y después de todo, seguía siendo el cumpleaños de Bitch, así que partimos un pastel y le prendimos unas velitas que decían
Happy Birthday. Con un poco de ingenio, logré trozar algunas de las velas para que dijeran
Happy Bitch. Luego nos tomamos algunas de las cervezas de St. Bernardus, y abrimos 3 Westvleteren para degustarlas. Una 12, una 8, y una 6 que Calvin consiguió en una de las tiendas donde nos habíamos parado. Aunque no nos tocó ir a Westvleteren, y a pesar de que In de Vrede estaba cerrado, esa tarde nos bebimos unas Westies para celebrar la amistad y el cumpleaños de Bitch.
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| La posada, y al fondo los fermentadores de St. Bernardus |
La Westvleteren 12 ya la conocía yo, y estaba espectacular. Una cerveza color café oscuro, de buen cuerpo, y notas a higos y ciruelas. La sensación en boca era extraordinaria; sedosa. Luego también por primera vez probé la 8. Una cerveza también bastante buena. Similar a la 12, aunque un poco más suave, y con la sensación del alcohol menos aparente. Sin duda otra cerveza de 10. Ambas de final sorprendentemente seco, a pesar de su dulzor. La 6 es una
blonde con algo de lúpulo. Muy refrescante y también excelente, pero en mi opinión, un par de escalones de grandeza por debajo de la 8 y la 12. Junto con las cervezas, nos salimos un rato a fumar unos puros. El clima estaba especial. Ya más tarde, decidimos ir al centro del pueblito de Watou para cenar.
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| Westvleteren 6, 8 y 12. |
Ahí encontramos varios restoranes, y luego de que no había lugar en el primero, nos instalamos en el lobby de un hotelito. Con la comida, como si fuera lo más normal, me pedí una Boon Gueuze. El servicio en los pueblos de Bélgica es extraordinario. El dueño del hotel se mostró interesado en nuestra historia de cómo habíamos terminado ahí. Nos trajo nuestros platillos bastante sabrosos en poco tiempo. Luego, nos ofreció sin cobrar, una cerveza "de la casa" para cada uno. Era una tripel que les hacía Deca especialmente a ese hotelito. La tripel era muy correcta, y siendo de a gratis, pues estaba extraordinaria. Yo me cené un corte de carne que estaba muy bien. La cuenta no salió nada cara. Al terminar la cena, nos regresamos a nuestra posada. El centro de reunión fue la casa de Maru y Bitch otra vez. Por fortuna, no nos faltaron cervezas. Los hombres nos quedamos platicando hasta tarde, y jugamos unos juegos de cartas que Calvin se había traído. Por supuesto que el último juego lo gané yo. Lo malo fue que sin querer se nos extendió la cosa hasta las 4:00 am.
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| Happy Bitch. |
Al día siguiente, pensábamos que teníamos programado el tour en St. Bernardus a las 11:00. Lisa se despertó temprano. Claro, ella no bebe, y se había dormido antes que nosotros. Cuando bajó a desayunar, nos avisó que el tour de la cervecería sería a las 10:30 y no a las 11:00 como habíamos pensado. Ana y yo, logramos hacer un desayuno apresurado. Esto fue una pena, porque en el comedor había panes, quesos y jamones; pero nada qué ver con los desayunos de hotel en cadena. Se trataba de quesos auténticos, jamón serrano y panes artesanales. Había también yoghurt, leche y café. Una vez más, el servicio del lugar fue extraordinario, se preocupaban por que pudiéramos alcanzar a desayunar bien y que no se nos hiciera tarde para el tour. A pesar de que ya era tarde para tomar el desayuno y que todos los demás huéspedes habían terminado, nos dejaron la mesa puesta y todos los alimentos. Terminamos el desayuno a la carrera para enterarnos de que Maru y Bitch no se habían despertado. Como la casa en donde durmieron tenía varios cuartos, no les pudimos tocar directamente en su puerta. No se despertaron y durmieron hasta tarde. Nos fuimos Calvin, Lisa, Ana y yo al tour sin ellos. Llegamos a la cervecería quizá a las 10:33am. No se veía nadie, ni en las oficinas, ni en la fábrica, nada. Empecé a sospechar que quizá el tour debía ser a las 11:00. Luego escuchábamos algo de ruido que venía de adentro. Después de un rato nos dimos cuenta que el tour empezó justo a la hora, y cuando un empleado llegaba para ver otras cosas, nos ayudó a entrar al cuarto donde ya había un grupo de unos 30 viejos que escuchaban sobre la cervecería en holandés. Al frente había un guía que parecía Robert Redford.
Oh, the Mexicans finally did come. Exclamó Robert cuando nos vio instalarnos al fondo del salón donde estaban explicando algunas cosas. Nos hizo un resumen muy breve de lo que había explicado. El tour a los viejos, se los hacía en holandés, y tomaba unos pequeños instantes para luego darnos a nosotros una explicación en inglés. Bastante más resumida. El tour fue bueno y conocimos la planta, pero lo cierto es que ya habíamos escuchado sobre cómo se elabora la cerveza y demás durante el viaje. La fábrica de St. Bernardus es mediana.
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| Cajas y barriles listos para distribuir. |
Tienen fermentadores grandes de acero inoxidable, y planes de construcción para ampliar la capacidad. Su macerador no era ni muy nuevo, ni tan viejo. Por ello quedaba el tamaño de la cervecería a la mitad. Ni la tecnología muy moderna de Duvel, ni el encanto de Cantillon. Sin embargo la pasamos bien, y escuchamos datos interesantes de la cervecería, sus procesos y sus cervezas. Al final nos regresaron al salón inicial, y nos dieron a probar algunas cervezas. Sobresalió la Abt. 12. Probamos también la Pater 6, que es una Dubbel, y la Witbier, que estaba muy refrescante.
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| "Robert" sirviendo unas Witbiers. |
Por ahí en el tour, derrepente una señora se mostró preocupada al ver que a nosotros nos estaba dando explicaciones mucho más cortas, y nos explicaba con detalle qué era lo que el guía se había saltado cuando se dirigía a nosotros. Quedé muy impresionado de la amabilidad de la gente en Bélgica. Al finalizar el tour, nos regalaron a cada uno una caja con 6 cervezas variadas y un cáliz de vidrio de St. Bernardus. Luego regresamos al
Bed & Breakfast y vimos a Maru y a Bitch muy frescos y sin remordimiento alguno de haberse levantado tarde. Estaban tomando un café en la sala de estar. Por último, y solo para ilustrar la atención personalizada de esta posada a un lado de St. Bernardus, les comento que ahí en el cuarto, olvidé una cadenita de oro que normalmente llevo colgada. Me di cuenta que no la traía un par de días después, sin estar seguro en dónde la habría dejado. A los dos o tres días, me llegó un correo de parte de la administradora diciéndome que la habían encontrado y preguntando a dónde me la podían enviar. Muy amablemente, me la enviaron hasta este lado del Atlántico, sin ningún cargo ni pretensión alguna. ¿Cuántas veces hablamos una hora después del
checkout al hotel para preguntar por algo y nos dicen que nadie sabe nada. En este lugar, todo lo contrario. Amplísimamente recomendable el lugar para hospedarse y pasar una noche apacible. Ya después de volver de la cervecería, salimos en el carro rumbo a Essen, otro pueblo que estaba a unos 45 minutos de ahí, y donde visitaríamos la última cervecería del viaje: De Dolle.
De Dolle:
De Dolle fue una de las cervecerías que entró casi al último en el itinerario. En la guía de la cerveza y en algunos lados había yo recibido notas positivas. Nunca había probado sus cervezas, hasta que en Kulminator probé la Stille Nacht y la
Mad Bitch. En algún momento hasta pensé eliminarla del itinerario, para no cargar tanto la mano y la paciencia de nuestros viajeros. Al final decidimos sí ir. Acierto total. De Dolle terminó por ser quizá la mejor experiencia del viaje, y una manera muy climática de terminar el viaje a la alza.
Salimos del
Bed
& Breakfast rumbo a Essen. Manejamos unos 45 minutos. Estábamos cerca del
pueblo en distancia, pero una vez más, las carreteras que tomamos eran chicas,
y entonces no podíamos ir muy rápido, ni de la forma más directa. Pasamos
algunos campos de siembra de lúpulo, y el paseo fue agradable. Pasamos cerca de
Popenridge, y nos tentó la idea de pararnos en un museo del lúpulo, per
preferimos mejor llegar directo hasta el lugar. Cuando llegamos al pueblo, no
tardamos en ubicar la cervecería, que estaba justo a la entrada. La cita para
la visita guiada era a las 3:00pm. Nosotros llegamos a las 2:00.
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| De Dolle, vista desde la calle. |
Asumí que
podríamos pasar al bar, o comer algo antes. Cuando llegamos la cervecería
estaba cerrada, y en el pueblo no había movimiento. Era domingo, y como muchos
pueblos en Europa, Essen también estaba muerto. De pronto nos acordamos que no
habíamos comido y nos empezó a dar hambre. A como se veía la calle por la que
entramos, en el pueblo no íbamos a conseguir mucho. Caminamos un par de
cuadras. Todo estaba desolado. Hallamos un lugar donde estaban cocinando algo
que olía muy bien, pero era una comida para un grupo privado. Descubrimos que
se trataba del mismo grupo de viejos que vimos en St. Bernardus. Pensé que
irían también a De Dolle. No nos animamos a pedirles que nos compartieran de su
comida y seguimos caminando un rato. Encontramos una máquina expendedora. De
esas que normalmente venden skittles y cocacolas. En esta, uno de los artículos
que podías comprar era una barra de pan. Bitch decidió que tenía que aprovechar
esta oportunidad, pues no sabía si en su vida volvería a poder comprar pan en
máquinas de expendio automático. No resultó tan mala idea, pues todos comimos
muy gustosos algunas rebanadas de un pan que sabía mucho mejor que los de bimbo.
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| Bitch comprando pan en máquina automática. |
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| El equipo esperando a que abran, comiendo pan. |
Después caminamos un rato y nos metimos a una iglesia que estaba por ahí. Nada
del otro mundo, pero para un pueblito perdido, tampoco estaba nada fea. La
construcción se veía más o menos nueva, pero estaba hecha para dar el look de
ser construcción antigua. Luego volvimos a la cervecería, y faltando unos diez
minutos para las 3:00 nos echamos en el pasto a un lado de la entrada a comer
pan, y disfrutar de un poco de solceito. El clima estaba fresco, pero con el
sol en la cara, todo se sentía muy bien. Detrás del edificio de la cervecería
se veían algunos campos. En la cervecería estaba un letrero que decía De Dolle
Brouwers. (Los cerveceros locos) y una imagen de una carita feliz del monito
emblema de la cervecería. El monito es de figuras simples, redondas y colores
amarillo y rojo primarios.
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| Una de las paredes de la cervecería. |
Muy básico, pero agradable. Me recordó un poco a las
figuras y colores de los relojes de Alain Silberstein. Un poco pasadas las
tres, llegó un tipo de unos sesenta. Peinado con apartado por un lado, con el
pelo negro entrecano. Al bajarse de su camioneta, no daría la apariencia de ser
el dueño. Lo vi ponerse un saco que traía muchos monitos de la cervecería
estampados. Manejaba moño de esmoquin, y lo más importante: el cacle morado. De
inmediato le dije a Ana que observara el cacle. ¿El queeeeé? Me preguntó. El
cacle. El zapato. ¿Nunca habías escuchado esa palabra? Es de origen náhuatl, le
dije. La deberías de conocer. Pues fíjate que no. Bueno, aproveché para decirle
que cacle era la palabra náhuatl para los zapatos. Deberías leer más.
Culturízarte un poquito, tú sabes. Me dio una cachetada con la mirada. Luego le
dije que era broma, pero que lo que no era broma era lo del cacle, que lo viera
bien. El tipo resultó ser el dueño y cervecero y todólogo en la cervecería. Él
mismo nos abrió la puerta y nos explicó todo lo que hacen ahí. ¿Ya mencioné que
traía zapatos de color morado? Nos abrió la puerta y se fue unos minutos. Ahí empezamos a deambular dentro de las instalaciones. Tenían alguna maquinaria muy antigua, pósters de su logotipo, barriles de cerveza por doquier, en fin algo de desorden.
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| La decoración curiosa en De Dolle. |
Luego vimos que había un pequeño bar con adornos y cosas extrañas. Con todo, el barcito estaba agradable. Tenía un
feel muy hogareño. La decoración era con madera, ladrillo pintado de blanco y cosas viejas. Acomodadas de forma extraña. Por ejemplo un barril de madera muy viejo colgado del techo. Había un área con cervezas que estaban a la venta, algunos vasos de la cervecería y demás. Antes de instalarnos por ahí salimos, y Kris Herteleer, el dueño se presentó. Se paró encima de una caja de plástico roja y desde ahí comenzó a explicarnos la historia de la cervecería. Parado así en la caja de cervezas, Kris se sentía como si fuese Martín Luther King dando el discurso de
I have a dream a multitudes voraces. Ahí nomás estábamos nosotros seis, y otras dos parejas de aspecto nórdico, pero igual el discurso fue épico. Luego confirmé mis sospechas de la procedencia de los demás oyentes cuando ya tomando unas cervezas nos revelaron ser daneses.
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| I have a dream. |
Kris nos explicó que en los 70s compró el lugar en donde estábamos y con él unas máquinas de cerveza bastante viejas. Nos lo explicaba frente a una máquina embotelladora que ya no funcionaba. Aparentemente, esta cervecería era de inicios del siglo, y luego en algún momento con las guerras y eso dejó de funcionar. Nos mostró un cuadro que tenía con un periódico como prueba de que efectivamente el lugar había albergado una cervecería desde hace tiempo. Después nos paseamos por varios cuartos, y nos enseño el tanque de maceración. Las máquinas eran sumamente primitivas y era increíble que eso fuera lo que utilizaba. Algo parecido al equipo que usan en Cantillon. Incluso tiene un
koelship para enfriar la cerveza.
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| Kris durante la visita guiada. |
Pero a diferencia de Cantillon, según le pregunté a Kris, él no deja la cerveza toda la noche, sino que sólo pasa ahí una hora, mientras enfría el mosto antes de pasarlo a los tanques de fermentación. Kris nos decía que su equipo de cobre era algo que para él era muy importante. Afirmaba que la cerveza sabe muy distinta y mejor, que cuando se usa el acero inoxidable para fermentar. Después de ver su equipo nos empezó a platicar de las cervezas que hace. La Arabier es una cerveza fuerte, dorada y algo lupulada. Los nórdicos le preguntaron si con el auge de las IPAs americanas él pensaría ahora en hacer alguna cerveza amarga y con mucho lúpulo. Kris contestó humilde, pero con un sentimiento de orgullo diciendo que él tiene haciendo la Arabier cerca de 30 años, y que su cerveza es bastante amarga con más de 70 IBUs. Como diciendo que los americanos no están inventando un estilo nuevo. Luego le preguntaron si no utilizaría de las nuevas variedades americanas de lúpulo, y una vez más, muy sereno y amable contestó preguntando por qué habría de traer lúpulo desde América, si hay siembra de lúpulo ahí a escasos kilómetros de su cervecería. Lo dijo como si usar insumos locales fuera no sólo lo mejor, sino la única forma lógica de operar. ¿Por qué traerse algo de tan lejos, cuando ahí lo tiene a un lado? Cuando lo piensas así, parece que tiene algo de razón. Luego nos habló de sus cervezas de temporada como la Stille Nacht que hacen en Navidad, la Stout, que también creo es en tiempos de frío. Nos dijo que ahora, por sólo un par de semanas, tenían su cerveza de pascua. Volviendo al tema de sus cervezas de línea, la Oerbier es una
Belgian Dark Strong, y nos mencionó que a esa, la añeja un año en barricas, y así Obtiene la Oerbier Special Reserva.
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| Sacando una muestra de Oerbier Special Reserva. |
Nos llevó a una cava donde tendría unas 20 barricas y nos dijo que ahí reposaba la Special Reserva. Luego le quitó el tapón a uno de los barriles, y con un tubito nos sacó una muestra para probarla. Así las cosas, en la cava, con el dueño vestido de moñito, saco con monos amarillos y cacle morado, y tomando una muestra directo de la barrica, la cerveza sabía de maravilla, aunque sin carbonatar. Ahí al poco tiempo concluyó la visita guiada y subimos al bar. Ya arriba, habían llegado algunos clientes que estaban consumiendo unas cervezas. La esposa de Kris nos atendió muy amablemente detrás de la barra. Entre todos pedimos de distintas cervezas para probar la gama.
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| La esposa de Kris sirviendo una cerveza de Pascua. |
La esposa de Kris nos sugirió pedir la cerveza de pascua, pues sólo la tenían un par de semanas al año disponible. Enfrente de las llaves de barril había un conejito rosa de Duracell. Creímos que era parte de la decoración desordenada de todo el bar. El conejo de peluche, estaba enfrente de una de las llaves de cobre que sirven la cerveza. Cuando alguien del grupo pidió una cerveza de pascua, nos regocijamos al descubrir que el conejito prendía mientras estaban sirviendo la
Bosekun. Así, lo que duraba el vaciado de la cerveza, el conejito tamborileaba e hizo que todos los que estábamos alrededor nos pusiéramos muy felices. Este tipo de detalles extraños, que parecen estúpidos hacen que los lugares especiales en Europa sean tan divertidos. ¿A qué otro lugar va uno y le sirven una cerveza deliciosa mientras un conejito de peluche redobla el tambor? Lamentablemente, no tomé muchas notas del sabor de las cervezas que tomamos ahí en el bar. Ese día, y como ya era casi al final del viaje decidí no distraerme de la experiencia de beber. Recuerdo que la Arabier, de color dorado era de final seco y amarguita. Con lúpulos florales. Lo recuerdo porque en algún momento le cambié a Maru mi Oerbier que era más dulzona. La Oerbier recuerdo de manera particular que tenía el saborcito distintivo de la levadura belga, sabores a frutos oscuros como la ciruela o el higo. No sé si fue la imaginación pero también creí distinguir el sabor de la fermentación en cobre. Después de servirnos las cervezas, nos sentamos alrededor de una fogata, en unos sillones muy cómodos. Ahí, en cuento bajó la clientela, la esposa de Kris se vino a sentar y platicar con nosotros. Nos dijo que era de Lanzarote, una de las islas Canarias, y entonces hablamos en español. Ahí frente al fuego tomando unas deliciosas cervezas, la estábamos pasando de maravilla. Luego decidimos salir al patio, aunque estaba fresco, el sol calentaba un poquito, y el patio tenía un escenario bucólico interesante. Había unas mesas largas, y unos campos de arado en los alrededores. El aire estaba limpio, y lo verde de los campos nos hizo estar todavía más felices. Ahí nos pedimos unas dos o tres cervezas más. Luego se nos ocurrió pedir unas Oerbier Special Reserva del 2012. La misma que probamos de la barrica, pero ya el producto terminado, de un par de años atrás. La cerveza bien carbonatada, a diferencia de la de la barrica. La cerveza no la tenían en barril, pero por 5 euros te daban una cerveza embotellada que traía un moñito (como el del dueño).
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| Brindando con Kris en el patio. |
El color era café oscuro, de espuma fina que perdura. Un poco agria, pero bien balanceada. Sabores a grano y muy ligero sabor a caramelo. Notas de frutos oscuros, ciruela pasa, madera de roble, y sale un poco a relucir el vino tinto. Sabores a uva añeja. El lazo perdura durante toda la experiencia. Ahí sentado en la mesa, donde después nos alcanzó Kris y compartió unos momentos con nosotros pasamos una experiencia inolvidable. En mi libretita anoté que fue lo mejor del viaje. Nos tomamos algunas fotos con Kris y seguimos disfrutando un rato más. Ahí entre la plática banal, de pronto Lisa me dijo que mi barba se veía muy bien. Lisa no lo sabe, pero tener una buena barba es uno de mis sueños frustrados. Ana nunca me permite dejármela crecer. Como no tengo cabello facial tan espeso, tardo unos días en trabajar el
look. Antes de salir al viaje le dije a Ana que como se trataba de un viaje de cervezas, en esta ocasión me tenía que dejar. Antes de salir, dejé de rasurarme los más días que pude sin que me viera yo terriblemente desaseado, y si luego sumamos los 6 días de estancia en Bélgica, ya habrían pasado unos 10 días. Lo que yo manejaba apenas parecería de 3 días en tipos de barba más vikinga. Calvin por ejemplo, parece el capitán cavernícola, todo lleno de pelo. Tiene más barba que cabello en la cabeza.
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| Pasándola bien. Noten mi excelente barba. |
Así que el hecho de que Lisa me haya echado un piropo sobre mi barba fue casi como si me hubiera dicho que tengo una muy grande... cuenta bancaria. El hecho es que me sentí muy viril y contento, y la cerveza y el ambiente y todo se sumó para producir unos momentos de felicidad máxima. La Oerbier Special Reserva, pensé que era una de las mejores cervezas que he probado. Luego, decidí comprar varias botellas para llevar, porque además son del año en que nació mi hija. Me di cuenta que a Kris no le gustaba vender muchas de esas cervezas para llevar. Supongo que porque luego hay gente que las revende. Pero yo creo que le parecimos personas agradables, y me dejó llevarme 4 botellitas. Yo le pregunté que cuánto tiempo las podía guardar, porque al ser del año de nacimiento de mi hija, las quería guardar largo tiempo para abrirlas con ella en alguna ocasión especial en el futuro. No me dijo una fecha exacta, pero me dijo que, como el vino, las podría guardar todo el tiempo que quiera. Ya veremos si es cierto. Ya veremos si aguanto sin tomármelas. A la fecha en que escribo esto, ya me tomé una de las cuatro.
Luego ahí en la mesa vimos a otras familias que llevaban a sus hijos. Me sentí como la fotógrafa Anne Geddes y le tomé a un rubio que traía las nalguillas de fuera.
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| Saca la nalguita que ahi te va tu inyección... |
Reitero que la estábamos pasando muy bien, pero al ver a los niños en ese patio me acordé que en mi casa me esperaban mis hijos. Empecé a extrañarlos, y como el viaje llegaba a su fin, empecé a pensar en ellos. Al salir de ahí, Lisa se ofreció a manejar de vuelta a Lille, y yo no me opuse. Teníamos algo de tiempo, pero ya había que salir, pues Bitch y Maru saldrían en tren desde ahí. Yo había manejado casi todos los trayectos, pero el cansancio acumulado de la manejada, las desveladas y demás finalmente me pasó factura. Me acomodé en la parte de atrás, y les avisé a los demás que teníamos que manejar más o menos una hora hasta llegar a Lille. Anotaron la dirección en el aparato GPS y listo. Amontonado en la parte de atrás, entre todas las maletas, de pronto me di cuenta que el viaje cervecero llegaba a su fin. Como Jesucrsito, imaginariamente tomé una bocanada de aire y dije a todo pulmón:
Consumatum est. Y exhalé.
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Consumatum est... y exhalé. (y le alcancé a pintar un dedo al fotógrafo) |
Me quedé dormido con la boca abierta, y por supuesto, me tomaron la foto obligada. Me desperté ya en la estación de Lille, donde todos nos bajamos a despedirnos de Maru y de Bitch. Llegamos con algo de tiempo así que buscamos qué comer. El restorán francés que nos topamos parecía ser lento y tenía mucha gente. Caminamos hacia afuera, y nos encontramos un Quick. Normalmente no es mi primera opción, pero moríamos de hambre. En eso me acordé que no habíamos comido más que el pan de la máquina expendedora en Essen, así que nos reventamos unas hamburguesas. Después de ello, nos despedimos de Maru y Bitch. Las despedidas nunca son dignas de describirse. Continuamos con Lisa y Calvin hasta París, y los dejamos en un hotel del aeropuerto. Ellos saldrían muy temprano la mañana siguiente. Ana y yo nos quedamos en París un día más. Como premio a la valentía de Ana en acompañarme a una travesía exclusiva de cervezas, nos paseamos al día siguiente en París. Por la noche, incluso fuimos a un bar en el barrio latino que se llama
la Taverne de Cluny donde escuchamos un grupo de Jazz y nos tomamos todavía, un par de cervezas más. Ahí probé una trapense nueva producida en Francia que se llama Mont des Cats; decente. Durante el día, tuve que beberme algunas de las cervezas que había comprado en el viaje y que no me cupieron en la maleta. Una de nuestras maletas regresó llena exclusivamente de cervezas. Yo traía unas bolsitas especiales y afortunadamente, todas llegaron en orden hasta Monterrey. Al llegar le expliqué al perplejo aduanal que traía cervezas y le dije cómo y cuánto iba a pagar de impuestos. No se veía muy ducho en el tema, pero yo ya había hecho mi tarea. Le mostré notas y le hice cálculos, hasta que él se desesperó y me dijo, "pssss unos cuarenta dólares, ¿no?". En realidad yo debía pagar un poquito más que eso, pero accedí a su proposición. Llenamos algún formulario, y listo: mi cerveza estaba legalmente importada. Ya después del viaje, Ana me dijo que estuvo muy bien planeado y que había sido uno de los mejores viajes de su vida. Yo estuve de acuerdo, pero a mí me encanta la cerveza, a ella no tanto. Por eso la amo, porque sin importar que el viaje no fuera sobre lo que a ella más le gusta, me hizo sentir muy bien. El tema en todas las experiencias es compartirlas con la gente que más quieres. Haber ido con Ana a Bélgica fue lo mejor. Maru, Bitch, Calvin y Lisa, son muy buenos amigos que tenía tiempo sin ver y que agregaron muchísimo valor al viaje. Siempre estaré agradecido con ellos por las experiencias que vivimos. Ahora en retrospectiva, la única y verdadera conclusión de la cacería de cervezas es que tengo que volver. Bélgica es un país fascinante y con la gente que quieres, se vive mejor.
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| Oerbier Special Reserva 2012. |
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| El cacle morado es insuperable. |